Usurpación

Las pasarelas de la avenida del Cid se han retirado sin consultar: ¿qué técnicos han avalado la operación, ahora irremediable?

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Esta semana tuve que ir al Polígono Fuente del Jarro, el más grande de España. Desde antes de la crisis no había estado; y aunque me dieron un plano, me perdí para llegar. Con todo, lo peor fue salir sin planos, ya de anochecida. Pasé revista a las 1.600 empresas que alberga en seis kilómetros cuadrados de suelo. De aquí, pensaba para consolarme, sale buena parte de los 29.371 millones de euros que exporta la Comunidad Valenciana; esto es riqueza y dinamismo... Pero no encontraba la salida de un laberinto mal pavimentado y peor señalizado. Me paré para santiguarme: ¿Esta es la Paterna que quiere hacer ahora Puerto Mediterráneo? Casi todos los trabajadores del polígono, unos diez mil, querían ir a su casa a la vez. Y yo terminé entre sollozos, anclado en una rotonda sin luz, hasta que una buena samaritana me sugirió que siguiera por un camino vecinal que me llevó hasta 'La Cassola', donde el Turia viejo y el nuevo se separan. En media horita más, pude cambiar el atasco de la V-30 por el de la avenida del Cid, que no había tenido ocasión de probar desde que ha sido desprovisto de pasarelas.

Es un buen atasco. Un atasco que propicia la reflexión. Tuve tiempo de recordar aquella mañana de enero de 1972 en que inauguré la avenida del Cid y sus pasarelas junto con el ministro Gonzalo Fernández de la Mora, que defendía por entonces una tecnocracia sin mancha de política. Reflexioné sobre el ofrecimiento que ha hecho el Colegio de Ingenieros para estudiar soluciones al error cometido. Y llegué a la conclusión de que quizá se ha procedido sin informes técnicos detrás, sin estudios serios, sin aforos de circulación, cálculos ni consultas. Sin sondear, desde luego, la opinión de los ingenieros de Caminos, que además de un Colegio de probado rigor tienen una Escuela con medio siglo de experiencia. En el seno, atención, de una Universidad Politécnica de las más prestigiadas de Europa a la que, al menos antes, se consultaba hasta para limpiar las pintadas de los puentes.

En el atasco, rodeado de gente que quiere llegar a casa y conciliar, escuché al alcalde de Valencia, que alababa en la radio las múltiples ventajas de andar a pie y solazarse en largos paseos. Incluso me hice preguntas: ¿quién es el responsable técnico de la decisión de desmontar las pasarelas? ¿Quién ha firmado el proyecto? ¿Por qué no sale y se explica? Porque antiguamente, más allá de los concejales, el Ayuntamiento tenía ingenieros solventes, y responsables, que daban la cara en los periódicos; para anunciar y explicar primero los cambios previstos en la circulación y para corregir los problemas que pudieran presentarse.

Pensé, entre bocinas desesperadas, que ahí residen los males del Ayuntamiento y del Consell: en la usurpación no ya del poder, sino incluso de la razón técnica -es decir de la ciencia y el conocimiento- por parte de políticos atrevidos que quieren hacer cosas y parece que no preguntan a nadie.

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