Urnas trituradoras

Cuando terminen de votar, les ponen un asa, las llenan de hielo y se van a la Barceloneta a tomarse unas birras

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Ya las hemos visto. ¡Existen! Las famosas urnas para el referéndum que había prometido Puigdemont y de cuya existencia teníamos más dudas que de la veracidad de las reliquias en forma de plumas del arcángel San Gabriel, ya han sido presentadas en sociedad. Es cierto que parecen trituradoras de papel recicladas a las que solo les falta conectarse a la corriente y empezar a funcionar. Quién sabe si hacen todo en uno: tal como metes la papeleta, la recuenta y las del 'no' las tritura. Un portento de creatividad y eficacia.

Sorprenden porque son muy distintas a las ecológicas del 9-N y a las de metacrilato transparentes que solemos encontrar en las convocatorias ordinarias. Será que como estas no son para saber si la respuesta es 'sí' o 'no' sino para justificar el 'sí', poco importan la luz y los taquígrafos. Al contrario. Son muy molestos. No sea que demuestren que algunos votan tres veces; otros lo hacen por control remoto o el 'no' acaba en la papelera de reciclaje, de pura confusión. De hecho, una servidora está aún pendiente de que la convoquen. Hace un par de años, al entrar en una universidad de Barcelona, había un tenderete y me invitaron a firmar para pedir el referéndum. Lo hice. Una es demócrata hasta la médula y solo quiero que me dejen votar para decir que sí. Que sí, que sí. Que no es mala idea empezar a preocuparnos de otros asuntos más importantes y no el cansino problema existencial de siempre. Sobre todo porque mi espíritu siente la nacionalidad terráquea por encima de cualesquiera fronteras y mi paladar no entiende de territorios sino del pa amb tomaca, el pulpo a feira, el bacalao al pil-pil y el arroç al forn. Ésa es mi patria. El caso es que firmé. Les dio igual que no fuera catalana y que pusiera que estaba censada en Valencia. Tota pedra fa paret, me dijeron. Si ésa es la seriedad del censo del domingo, es posible que dé como resultado que 24 millones de catalanes quieren la independencia frente a 30.000 que la rechazan. No seré yo quien diga que no. El caso es que estas urnas son demasiado traslúcidas. Tanto, que te sirven lo mismo para un roto que para un descosido. Cuando terminen de votar, les ponen un asa, las llenan de hielo y se van a la Barceloneta a tomarse unas birras con 'els peuets' a remojo. A celebrar el éxito de público y crítica. Después con que quede una de recuerdo para inaugurar el Museo de la Independencia que evoque estos intensos días de septiembre, es suficiente. Las demás deberían subastarlas para las multas que van a tener que pagar los miembros de la mesa. Ríete tú del bocata triste y pobretón que suelen dar en las otras elecciones. En Cataluña no solo no te dan de comer ni te pagan el día de trabajo sino que te sablean y aún tienes que asumir multas de 300.000 euros. Ni tanques ni 155. «Bombardea el bolsillo y siéntate a esperar, Monty», susurra Rajoy mientras se toma un coñac y acaricia dulcemente a su gato.

Fotos

Vídeos