La Universidad, ante las urnas

Gobernar en democracia y mantenerse en el poder es una proeza que exige articular elementos que no es fácil encajar

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Gobernar en democracia -con elecciones periódicas y competitivas, libertad de palabra y derecho de asociación, prensa libre y sindicatos operativos-, y aún así mantenerse en el poder durante décadas es una proeza al alcance de muy pocas inteligencias, que exige la minuciosa articulación de una serie de elementos que no resulta fácil encajar. De ahí la admiración -perfectamente compatible con la crítica- con la que los politólogos hemos contemplado a los contados regímenes que han logrado ese grado de perversa perfección, y de los que es paradigma el priísmo que dominó la vida política mexicana entre 1929 y 2000.

Para empezar, un complejo sistema clientelar que logró permear todos los estratos sociales y extender sus tentáculos hasta el último rincón del país, convenciendo a la inmensa mayoría de sus ciudadanos de que era mucho mejor estar con el poder que al margen -y no digamos, contra- él.

En segundo lugar, una indefinición ideológica cuidadosamente calculada -la propia denominación del partido, 'Revolucionario' e 'Institucional', resultaba en sí misma todo un monumento a la ambigüedad- que además se combinó con una lenta pero innegable evolución, merced a la cual los elementos revolucionarios propios de sus primeros tiempos fueron gradualmente cediendo paso a los institucionales, al tiempo que la retórica dejaba paso al pragmatismo.

En tercer lugar una hábil explotación del enemigo exterior -su poderoso vecino del norte- con el que unos días se negociaba y se cooperaba, y al que otros se le echaba la culpa de todos los males que aquejaban al país; males que, precisamente por tener su origen allende sus fronteras, resultaban inmunes a la acción de los propios gobernantes, que de este modo podían justificar sus fracasos echando la culpa a otros.

Y, por último, un inteligente sistema de circulación de las elites, en virtud del cual el jefe del ejecutivo se reservaba el derecho, ya en los últimos compases de su mandato, de cooptar a su sucesor; en el bien entendido de que éste sería arropado inmediata y unánimemente por todos sus iguales, sabedores de que por debajo de la presidencia aun seguían quedando atractivos premios de consolación a los que optar en tanto el sistema no entrara en crisis.

Cosa que a la postre sucedió siete décadas más tarde, cuando una mayoría de mexicanos concluyeron de que lo que el país necesitaba no era sino romper esa dinámica de continuismo y perpetuación acrítica en el poder, y eligieron como presidente a un tipo que -curiosamente- llevaba un nombre tan valenciano como el de Vicente.

Una historia interesante, diría yo. Aunque la verdad es que no sé a qué santo me ha venido a la memoria precisamente en estos momentos, cuando lo que pretendía era escribir sobre las elecciones a Rector que la Universidad de Valencia que celebrará mañana. En fin, otro día lo haré.

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