Lo único que debemos temer

La guerra por mi cuenta

No hay nada definitivamente perdido. Toca confiar en que de un momento a otro el Estado de Derecho dé ese paso que muchos llevan años esperando

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Con mis disculpas anticipadas a quienes piensen -seguramente con razón- que el horno no está ni para ironías ni para hipérboles, cada vez estoy más convencido de que, del Rey abajo, en este país solo queda una persona que cree verdaderamente en España, y ese es Carles Puigdemont.

Trataré de explicarme antes de ser lapidado por unos y por otros. Este 'paio' acaba de acarrear -eso dicen- dos millones y pico de votos a favor de la secesión; tiene de su lado a la mayoría del Parlament; se ha adueñado de la calle merced el apoyo activo de los comandos incontrolados de la CUP y al pasivo de los cobardes controlados de los Mossos; dirige mediante su jefe nacional de prensa y propaganda la radio y la televisión públicas; y hasta acaba de ser ungido como mártir de la democracia gracias a la caótica operación policial del 1-0. Y mientras tanto, en el otro lado del cuadrilátero, lo que tenemos es un gobierno casi noqueado que lleva décadas habiendo renunciado a hacer política, a aplicar la ley, y -solo en este caso usaré el «gracias a Dios»- a usar la fuerza en Cataluña, al tiempo que el principal partido de la oposición todavía no sabe si España es o no una nación, y la cuarta fuerza parlamentaria es tan irresponsable como para pensar que acabar con la integridad territorial de nuestro país es un precio asumible para sacar a la derecha del poder.

Y aun con esos panoramas a un lado y a otro de la trinchera, el hecho es que el tipo aun no se ha atrevido a proclamar la independencia unilateral de Cataluña, revelando así lo que solo me puedo explicar como un pánico cerval a la capacidad de respuesta del Estado español que a estas alturas no sé bien como calificar.

Lo malo es que -como digo-, nadie más en este país parece creer de veras en la solidez de nuestras instituciones y en la capacidad de reacción de sus gobernantes. Funcionarios que empiezan a sopesar la posibilidad de solicitar un traslado, empresarios grandes y pequeños que sacan sus domicilios sociales de Cataluña a toda prisa, ahorradores que trasladan sus depósitos de banco, y ciudadanos de a pie que anuncian que su paciencia está a punto de agotarse transmiten conjuntamente la peor de las imágenes posibles y auguran el escenario más triste que cabría imaginar: el de que el secesionismo pueda imponerse no por la fuerza de la mayoría sino por el desánimo de los más y la deserción de quienes deberían liderarlos.

De modo que toca repetirse, con Franklin D. Roosevelt, aquello de que «Lo único que debemos temer es el temor mismo». Asumir que aun no hay nada definitivamente perdido. Y confiar en que de un momento a otro el Estado de Derecho dará ese paso adelante que muchos catalanes llevan años esperando. Y que nadie dude de que con un solo paso bastará: el arrojo de Puigdemont es ya conocido de todos.

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