ÚLTIMO TREN A WESTWORLD

ÁLVARO MOHORTE

Dice Eduardo Mendoza que si en los últimos instantes de la vida se ve pasar la propia existencia en forma de película, en nuestro país tenemos doble desgracia, por una parte el óbito en sí y por otra, tener que morirse viendo cine español. Curiosamente cargar de reproches el cine de la tierra de uno es una práctica muy habitual, se viva donde se viva. Quizás aquí sea algo especialmente extendido, pero no faltan ingleses y hasta americanos que enfrentan con dureza sus producciones nacionales y lo hacen, curiosamente, por motivos bastante similares.

Mientras que en España muchos se lamentan de «tanta película de la Guerra Civil», personalmente conozco a británicos hasta el gorro de las historias victorianas o americanos a los que todos las películas del Oeste le parecen la misma.

Sin embargo, esto no quita para que, pese a ir tanto el cántaro a la fuente, estas temáticas tengan también sus incondicionales. Sin ir más lejos, cuando parece que el tema del Oeste no da más de sí, uno de los éxitos más sonados de los últimos años acaba siendo la serie Westworld. La historia de un parque de atracciones en un futuro próximo para el que se ha logrado construir androides que reproducen seres humanos a la perfección y con los que interactuar en distintas aventuras.

Curiosamente, el paso entre el mundo real y el parque de atracciones se hace en un edificio donde se da a los visitantes la ropa, las armas y las instrucciones necesarias para disfrutar de la visita, antes de tomar un tren a vapor con el que el visitante comienza a sumergirse en ese universo de ficción.

Tomar el tren siempre ha sido metáfora de cambio, bien para emprender una nueva vida o para dejar a atrás la anterior, para bien o para mal. Pero tomar un tren lleva a alguna parte, abre un abanico de posibilidades de las que no disponen los personajes varados en la estación, esos personajes que parecen olvidados como sus maletas y que alimentan un submundo del que no escapa ninguna.

La ciudad de Valencia está perdiendo el tren desde un punto de vista económico, según el sector inmobiliario, por algo tan sencillo como el retraso en la concesión de licencias de obras. Hasta dos años hacen falta para conseguir el permiso que puede convertir un edificio o despacho céntrico pero desfasado en una opción atractiva para instalarse y competir con lo que plantean otras ciudades o áreas como el Parque Tecnológico de Paterna o complejos como Táctica.

Cuando una empresa decide el traslado, no puede estar tanto tiempo esperando. Lo normal es darse dos o tres meses y, si no hay oferta adaptada en un punto, se va a otro. La recuperación económica, Cataluña y otros factores hacen que las empresas vengan, ¿hasta cuando se va a permitir que tengan que pasar de largo?

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