El último gigante

En un tiempo huérfano de líderes, Kohl, como Mandela o Juan Pablo II, es referente

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

No habíamos visto un funeral global desde el que se celebrara en la Plaza de San Pedro por Juan Pablo II o en Sudáfrica por Nelson Mandela. Sin embargo, el de Alemania por Helmut Kohl estuvo en la misma línea. La presencia de jefes de Estado y de gobierno que son o fueron máximas figuras de sus países, sentados en el Parlamento europeo, evidenciaba el significado del antiguo canciller. Los reyes eméritos, Don Juan Carlos y Doña Sofía; el expresidente norteamericano Bill Clinton; los expresidentes Felipe González y José María Aznar; el primer ministro ruso Mevdevev, la británica May o el francés Macron, todos representando el agradecimiento de Europa y sus aliados por sus esfuerzos a favor de la paz y la construcción de un continente unido.

No es casualidad ni están forzadas la entrega y el reconocimiento a esas tres figuras del siglo XX. En un tiempo huérfano de grandes líderes, Kohl, como Mandela o Juan Pablo II, es referente. Es ejemplo de un modo de ser y actuar que echamos de menos quienes lo conocimos y necesitan quienes han nacido bajo la égida de la mediocridad.

Tampoco parece coincidencia que el siglo XX proporcionara líderes de ese calibre. Fue un siglo marcado por el sufrimiento de dos conflictos mundiales terribles, de la división del mundo en bloques y de persecuciones y matanzas organizadas sistemáticamente contra el otro, el diferente, el desconocido incómodo. Pero también fue un siglo asentado todavía en grandes principios morales de raíz religiosa, en la fortaleza de la familia como núcleo social primario y en el sentido del esfuerzo y la memoria agradecida hacia el realizado por las generaciones precedentes. Los tres líderes habían vivido la guerra, la exclusión y el odio fratricida. Por eso los tres daban tanto valor a la convivencia, a la paz, a la fraternidad y a la dignidad humana. Sabían muy bien lo que era perder todo aquello que nos parece eterno e inmodificable. Como si la democracia, una vez conquistada, fuera para siempre. Sin tener que trabajar cada día por fortalecerla. Sin que sea un bien frágil.

Esa conciencia de lo valioso porque una vez se tuvo y se perdió es lo que falta a las nuevas generaciones de políticos endebles y superficiales que tenemos. Estos han nacido en democracia, en paz y con unos altos niveles de bienestar. Son eternos adolescentes, convencidos de que el mundo termina en sus zapatos y que el juego político consiste en una batalla de indios y vaqueros como en los recreos escolares. Por eso no alcanzarán nunca la altura de los líderes que hemos perdido. Es cierto que responden a lo que su sociedad exige y hacen juego con los millennials. Los mayores notamos el cambio porque porque estamos a caballo entre los grandes del siglo XX y los minions del XXI. Eso no nos exime de responsabilidad. Al contrario. Somos quienes los hemos formado. No vale con quejarnos sin más. No hemos sabido crear nuevos líderes.

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