EL ÚLTIMO EMPUJÓN

MANUEL ANDRÉS FERREIRA

El tiempo pasa rápidamente. Nos quedan solamente ocho días para que, de nuevo, al levantarnos y echarnos a la calle, tropecemos con las fallas que han dado nombre a Valencia de típica originalidad. Ya no hay tiempo de retrasar el reloj; la plantà ya está ahí, aunque las calles han comenzado a llenarse de grandes piezas y los más inquietos comienza los recorridos máquina fotográfica en ristre para captar éste o aquel movimiento curioso, arriesgado o sorprendente de las gigantescas piezas con la ayuda de los artistas y de las imprescindibles grúas. Por supuesto nada que ver con el viejo rito de plantar la falla de la noche a la mañana.

Artistas y falleros han comenzado a dar el último empujón. Así son las fallas, esfuerzo puro desde el principio hasta el final. Tanto para crear como para destruir; lo mismo para que nazcan, que a la hora de su muerte. Crear, sabiendo que aquello que está gestándose en la mente y en las manos del artista acabará cuatro días después de haber nacido entre las llamas de la cremà.

Cada año se repite este episodio y se entrega a una ciudad el fruto de muchos esfuerzos a pesar de que algunas instituciones lo quieran poner difícil. La falla representa tanto el fin como el comienzo, todo conseguido en una perfecta comunidad de entusiasmos y de sacrificios que pregona la tarea del año siguiente. La falla nace con un plazo fijo de existencia para que los falleros, por el contrario, tengan unas cuantas horas después la ilusión de volver a crear.

En los talleres de los artistas falleros se vive una frenética actividad en la que la ilusión es parte importante. Otra cosa será lo que suceda a partir del día 20, cuando se limpie y ordene el taller a la espera de volver a empezar cada vez con más dificultad por los recortes en los presupuestos de falla y, sobre todo, por la presión fiscal que hace insostenible, en algunos casos, tener abiertos los lugares de trabajo y menos todavía la contratación de personal.

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