¿La última victoria de Merkel?

Alemania sigue teniendo una política, un gobierno y una gran mayoría del parlamento indudablemente comprometidos con los valores de su Ley Fundamental

DIEGO ÍÑIGUEZ

El 'efecto Schulz' ha sido un cometa en el estable firmamento político alemán. El domingo volvieron a ganar los democristianos y Merkel seguirá siendo canciller, probablemente al frente de una coalición de cuatro partidos. El nuevo parlamento será el más plural desde el inicio de la República federal y recuperará una vitalidad política que le ha faltado en la legislatura anterior. Los dos partidos mayores, la CDU/CSU y el SPD, han perdido 8,7 y 5 puntos respectivamente, suben un poco La Izquierda y Los Verdes, regresan los liberales. Y entra, como tercera fuerza política, la Alianza por Alemania (AFD).

Merkel ha encajado con calma la pérdida de votos. Sabe que seguirá siendo canciller, porque puede pactar con los liberales y Los Verdes o de nuevo con los socialdemócratas, aunque éstos han cerrado rotundamente la puerta a una nueva gran coalición: llevan en declive desde los recortes de su último canciller, Schröder; saben que quizá sea su última oportunidad para rehacerse como alternativa de gobierno; y no quieren dejar a la AFD como el principal partido de la oposición.

La llegada de ésta al parlamento nacional inquieta por sus posiciones islamófobas y xenófobas, por su retórica contra los inmigrantes y por sus conceptos políticos cercanos a los del nacionalsocialismo: la comunidad del pueblo alemán; el afán de recuperar «nuestro país frente al riesgo de disolución»... No todos sus votantes son tan extremistas: una parte proviene de la derecha democristiana, descontenta por la acogida de un millón de refugiados en 2015 y por la apertura de Merkel a políticas tradicionales de socialdemócratas y verdes, para quitarles votos y asegurarse la posibilidad de seguir gobernando en las más diversas coaliciones. En la AFD se concentra ahora el voto de protesta: en la antigua Alemania del Este, que sufre más las consecuencias de la globalización, se convierte en el segundo partido.

Por ahora no hay riesgo de que acceda a gobiernos locales, regionales o nacional. Tampoco tiene la fuerza de partidos semejantes en otras democracias europeas. Pero sus dirigentes han roto tabúes esenciales del sistema y la cultura política alemanes, basadas en el respeto a ultranza de la dignidad humana, en evitar que la competencia política se convierta en confrontación y en el recuerdo y el rechazo militante del terrible pasado alemán. Se han burlado de la cultura de la memoria y del Holocausto y atizan el rencor hacia los inmigrantes, presentándoles como rivales por los recursos sociales escasos. Su mayor riesgo es la tentación, para los sectores más derechistas de la Democracia Cristiana, de acoger su agenda o sus recetas para recuperar los votos perdidos; ello sin pensar cómo puede evolucionar el sistema político alemán sin esos límites establecidos desde 1949 cuando termine esta fase de prosperidad económica y predominio en Europa.

No es la primera vez que la democracia alemana ha digerido partidos de extrema derecha representados en el Bundestag. Pero esta vez no bastará con la denuncia política y la confrontación cultural desde los valores constitucionales. El nuevo gobierno va a tener que ser eficaz contra las causas sociales y económicas del descontento, haciendo política social y de integración de los inmigrantes y encontrando nuevos campos industriales y tecnológicos que atenúen las consecuencias laborales de la economía digital.

La nueva coalición tardará en arrancar. En Alemania se negocia minuciosamente cada contrato de coalición, porque los electores sancionan a quien lo incumple, y sus cuatro probables integrantes abarcan un espectro desde la derecha de la Unión Socialcristiana bávara (CSU) hasta la izquierda, cada vez más moderada, de Los Verdes. No será fácil embridar las diferencias entre éstos, que proclaman la justicia social y la protección del medio ambiente como principios programáticos y los liberales del FDP, que proponen bajadas de impuestos y el mercado como solución para todo. Pero los cuatro partidos están deseando llegar a ese acuerdo y saben que el sistema político alemán requiere coaliciones estables, con mayoría parlamentaria, y que sufrirían un fuerte castigo electoral si no lo lograran y hubieran de repetirse las elecciones.

No habrá grandes diferencias en la política interior, ni en la europea: Merkel quiere reforzar el euro integrando en él a nuevos países. Seguirá la austeridad, si acaso levemente aliviada. Schengen seguirá en vigor, aunque se restablezcan de vez en cuando los controles nacionales por razones tácticas políticas. Seguirá la presión sobre Hungría y Polonia, pero ninguna se arriesga a ser expulsada. Habrá pasos hacia la tan mentada defensa europea, pero Merkel sabe que Europa sigue dependiendo de la defensa norteamericana y Alemania es muy sensible a la amenaza rusa, por lo que tendrá que contemporizar con el presidente Trump hasta que unas elecciones o un impeachment acaben con su estresante inestabilidad. Puede haber nuevas formas de coordinación económica europea, como quiere Macron, pero los liberales son más recelosa en materia europea y se oponen a cualquier comunitarización de las deudas nacionales. Los socialdemócratas no quieren que se aligeren las consecuencias del Brexit, pero democristianos y liberales negociarán para mantener al Reino Unido vinculado al mercado interior.

El consenso de la antigua República de Bonn ya no es unánime: la AFD ha liberado a un genio maligno que costará devolver a la botella. Pero Alemania sigue teniendo una política, un gobierno y una gran mayoría del parlamento indudablemente comprometidos con los valores de su Ley Fundamental. Quizá haya sido la última victoria de Merkel, pero ésta puede decir serena y relajada que «hubiéramos preferido más votos, pero no cabe un gobierno contra nosotros. Vivimos en tiempos tormentosos. Y en la calma reside la fuerza». En su calma, en su impresionante resistencia en el poder.

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