LA ÚLTIMA CURVA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Ya sabemos que la juventud es esa enfermedad que se cura con el transcurrir de los años. A los jóvenes se les manipula fácilmente en la aulas, con los terribles profes 'enrollados' que van de colegas y abusan de su posición para inocular venenillo en las mentes que se están formando, y también con las tornasoladas campañas de publicidad que les obligan a comprar determinadas marcas para alcanzar la cumbre de su satisfacción. Pero sospecho que hemos llegado al punto en el cual al joven se le exige triunfar o morir. O se triunfa de joven o se muere lentamente en un curro de mierda donde la vulgaridad sepulta sin pausa los sueños juveniles. Las redes sociales han vapuleado las aspiraciones de buena parte de la mocedad cortoplacista que sólo pretende conseguir enorme fama, como si la popularidad efímera le pasaportase hacia un dulce futuro. Olvidamos, sin embargo, que Raymond Chandler empezó a publicar sus inmortales novelas superados los cuarenta, y sólo cosechó cierto prestigio, muy poco, pues entonces la novela negra recibía tratamiento de segunda por parte de los culturetas de aquel tiempo, a partir de los cincuenta, y mayormente gracias a la crítica europea. Como tampoco vamos a ponernos demasiado plastas a principios de semana, fijémonos en otro ejemplo más casero, el de Chiquito de la Calzada. El éxito fulgurante le traspasó justo cuando la última curva del camino, que diría Baroja. Más allá de su naturalidad, de su sincopado caminar, de su talento para forjar nuevas palabras ya incorporadas en nuestro vocabulario, pedazo de fistro, su gran mérito fue triunfar casi en la edad de la jubilación. Frente a las urgencias juveniles, el zarpazo del viejo que todavía dosifica sus fuerzas aprovechando acaso la última oportunidad. Chiquito me resultaba más gracioso que los jóvenes gafapastas actuales.

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