Turismofobia

El Consell ha decidido luchar contra el odio al turista en Ademuz, donde un viajero sigue siendo un bien preciado

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

A mediodía del lunes, me crucé con varios grupos de turistas por la plaza del Carmen. Muchos de ellos arrastraban mochilas y pesadas maletas en busca de alguno de los mil hoteles 'nuevos'. Pero hubo un grupo que, asistido de planos y teléfonos, filmó y fotografió la iglesia del Carmen, cerrada, y se dirigió hacia el Museo... donde se topó con la amarga realidad de que, los lunes, cierra.

Después de leer la información de la fachada y de cerciorarse a través de Mr. Google de nuestros horarios museísticos, el grupo se rindió. Menos su líder, que con la pata derecha quiso proporcionar a la noble puerta del Museo un empujón-patada, casi una coz, que no hacía ninguna falta. Es entonces, el padre Colomer me perdone, cuando, pese a haber escrito muchos artículos sobre el horario de nuestros museos, sentí por primera vez un ramalazo de 'turismofobia'.

Es una palabra nueva, turismofobia, nacida para definir los nuevos sentimientos de aversión hacia el turismo de masas que, en numerosas ciudades del mundo, están provocando fenómenos de saturación de viajeros; hay ciudades, hay paisajes, víctimas de una colmatación, de un exceso turístico, que genera molestias... y rechazo.

El Consell de la Generalitat, muy bien informado de las últimas tendencias y peligros, acaba de adoptar como uno de sus principales deberes la lucha contra la turismofobia. Curiosamente, la decisión la ha tomado en su último retiro de verano, en el Rincón de Ademuz, al abrigo de Casa Domingo y Casa Emilio, no lejos del albergue de los Centenares de Castiel... lugares entrañables donde el turista sigue siendo, al contrario que en Venecia, Barcelona o París, un bien raro y escaso, una apreciable fuente de ingresos, una promesa que es atendida con mimo y cortesía, con la hospitalidad que el buen misionero Francesc Colomer sigue predicando como virtud esencial del hecho de viajar.

En Valencia, hace cincuenta años, los turistas de Meliá o de Aviaco eran recibidos casi con ovaciones. Se celebraba el Día de Turista y se elegía a la Turista cinco millones. De los nueve millones de visitantes que la Comunitat podría recibir este año, la ciudad de Valencia se lleva ahora un bocado suculento que le hará sobrepasar los dos millones de pernoctaciones... controladas.

Veremos, pues, el programa de decisiones que el Consell toma para mejorar las relaciones con el turismo, habida cuenta de que ha bajado mucho el nivel del turista. Y no solo en lo económico -que también- sino muchas veces en lo educativo. ¿Evitar el derribo del Sidi Saler podría ser una medida? ¿Esforzarse para que Gandía no caiga en los errores de Magaluf podría ser otra? ¿Y qué tal controlar seriamente la legalidad y opacidad de los pisos-patera?

Estamos, sin duda, ante un bien que hay que cuidar con esmero. A ser posible abriendo los museos también los lunes... Porque el que visita un museo, sea quien sea, suele terminar siendo una persona que da menos coces ante las puertas cerradas.

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