EL TURISMO «MASIFICADO»

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

A nadie le gusta cuando viaja como turista llegar a un destino y que esté atiborrado de... otros turistas. La contradicción es evidente, como la de quienes reclaman que ya no se construya más en la costa porque está saturada y lo dicen desde la terraza de su apartamento en primera línea de playa o desde el jardín de su chaletito con vistas al mar. Yo sí pero el resto no. Nos guste o no, el proceso de masificación turística es imparable, ha venido para quedarse y va a ir a más. Viajar en avión hace cincuenta años era un lujo reservado para unos pocos, mientras en la actualidad es algo corriente, cualquiera coge un vuelo para pasar un fin de semana en Londres o en Berlín como la cosa más normal del mundo, cuando hace medio siglo hubiera sido un acontecimiento excepcional, extraordinario. Hacer turismo ya no es un patrimonio de los ricos, es un fenómeno de masas, global, socializado por el abaratamiento de los precios del avión y por nuevos hábitos como los apartamentos turísticos o el intercambio de viviendas. Todo lo cual, es obvio, produce no pocas molestias y exige cuantiosas inversiones. Estas, para poder canalizar los enormes flujos humanos que circulan entre territorios y ciudades, por lo que hay que ampliar aeropuertos, líneas ferroviarias, autovías, transporte público, equipamientos hoteleros, centros de ocio... Y aquellas, porque el turismo mochilero suele ir acompañado de ruido, incidentes ocasionales y escaso gasto. Bienvenidas sean todas las regulaciones que ayuden a mejorar y a rentabilizar un fenómeno que, con sus luces y sus sombras, ha ayudado a España a soportar los peores años de la crisis.

Sorprende por todo ello que un partido como Podemos se sitúe en contra del «modelo masificado» de turismo, según una reciente nota de prensa en la que el portavoz de la formación morada en el parlamento valenciano, Antonio Estañ, le exige a Mariano Rajoy una alternativa. Los podemistas han percibido la creciente ola de descontento popular en algunas grandes ciudades contra la 'turistización', la invasión de visitantes que, por poner un ejemplo, lleva a que Amsterdam, con sus 800.000 habitantes, reciba 8.000.000 millones de viajeros cada año. Pero, como al principio, la contradicción en la que cae el partido que lidera Pablo Iglesias es obvia. Porque ¿acaso pretenden que 'la gente' viaje menos? ¿Y eso cómo se hace? ¿O es que aspiran a que sólo lo hagan los más ricos, los que se hospedan en hoteles de cinco estrellas? Alertar contra el turismo de masas puede parecer razonable pero lo que en el fondo se está transmitiendo es la incomodidad que produce en el conjunto de la sociedad la generalización del fenómeno turístico, la socialización de una costumbre que ya no pertenece, como antaño, sólo a unos pocos.

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