Contra el turismo

Cuarto menguante

Los radicales se hacen un lío: aborrecen a las castas, pero ahuyentan a los viajeros modestos

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

La ola creciente de actos y proclamas contra el turismo ha dejado a tanta gente estupefacta que cuesta aún ver reacciones en serio para oponerse a tan estrambótico movimiento, y hasta el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha confesado que nunca creyó que tuviera que salir en defensa de algo que se suponía a salvo de este tipo de cosas.

Si se hubiera hecho una encuesta antes de este estallido, preguntando al respetable público su opinión sobre el turismo y los turistas, el resultado hubiera sido apabullante, cien por cien a favor de la corriente que parecía doctrina inamovible: «El turismo es una gran fuente de riqueza, debemos cuidarlo al máximo, España es una potencia, gran parte de nuestra economía rueda a su alrededor...» O sea, como está mandado. Pero esto hubiera sido antes de la nueva ola, porque también es sabido que hay una tendencia natural a contagiarse de las modas, y, una vez lanzada la onda, resulta fácil sumarse. Ya lo están viendo, empezó por Barcelona y Mallorca y ya se incorporan por todas partes; hasta en Canarias, donde es bien notable que superan en mucho a la media española en su dependencia de que los turistas no dejen de fluir.

De acuerdo con que hay situaciones de abuso, en las que el vecindario se ve continuamente molestado y hasta expulsado por una afluencia masificada de maleducados que enriquecen a unos a cambio de fastidiar a los demás. Pero eso, que precisa correcciones, no es excusa para generalizar y abrir la veda en todas direcciones. Es como ocurre con la Monarquía. ¿Quién se hubiera atrevido antaño a salirse del estricto respeto obligado? En público, nadie. Pero empezó uno, le siguió otro, no pasaba nada y marcaron tendencia. Aburrimiento y falta de modales.

Con el turismo, igual. No se paran los alboratadores a debatir si habría que regular esto o aquello... Nada, a saco. No importan los principios, la cadena económica, la consideración con las personas y los negocios; ni siquiera se percatan de si acaban echando piedras a su tejado. Se están pegando tiros en el pie, señalan desde fuera. Y cuesta entenderlo.

¡Ah, es que yo no vivo de esto y el turismo de masas nos molesta, es un atentado social y ecológico! ¿Seguro que no vive de esto; a qué se dedica usted?, mire para quién fabrica, y éste a quién abastece. El tópico habla de camareros. ¿Y todo lo demás? ¿A quién le vende sus ensaimadas un panadero mallorquín?, ¿cuántos suministros precisa un hotel?, ¿los coches de alquiler no necesitan mecánicos?

Los más recientes radicales aseguran, como los demás, que están contra las castas, o sea los que tienen por ricos; sin embargo actúan contra el turismo de masas, es decir, el de la gente menesterosa que se paga a plazos unas vacaciones. En realidad es una disputa por el espacio vital, les molesta su presencia porque se sienten élite, tan casta como las que dicen aborrecer. Imaginen si les recordaran que por aquí el turismo comenzó a crecer con Fraga.

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