Turismo y más cosas

MIQUEL NADAL

Más allá del debate social y político acerca del turismo, me da que la cuestión también afecta a la manera de representar e imaginar la ciudad. Tras décadas sin apenas visitantes, sin hoteles, con aquel Manises de mi infancia que parecía Tánger, en aquella ciudad que pasaba del orgullo exagerado, a la vergüenza tímida, la actual masificación es fruto de la falta de equilibrio. Tentación y vicio del monocultivo, con la que hemos encarado las actividades productivas durante siglos. Primero la seda, luego la naranja, el caqui, el ladrillo, los eventos, el apartamento turístico, y los espacios y contenedores culturales. Pocas ciudades en Europa tienen tanto que ofrecer como la nuestra y ninguna se empeña con tanto ahínco en acumular atractivos y agotarlos como si no fueran suficientes. Un síndrome de Diógenes de belleza. La acumulación de barrios de moda y establecimientos agota al visitante con la seducción diabólica y estéril de una ciudad obsesionada con sentirse atractiva y querida, ofreciéndose en las esquinas en lugar de ser tal cual es. Los Campos Elíseos eran hace apenas dos siglos y medio unos humedales convertidos en un camino para carruajes hacia el Palacio de Versalles, símbolo posterior de la sociabilidad urbana del ver y del ser visto. Hoy es la Avenida más bonita del mundo, reinventada de continuo. La Alameda no puede cumplir ese papel, pero tenemos un cauce del Turia, único, capaz de generar un trayecto inigualable, y al que tampoco hacían falta tantos edificios emblemáticos. Además del turismo hemos de reflexionar qué imagen queremos ofrecer y hasta donde podemos llegar. No podemos ser el Patrimonio de la Humanidad de las Fallas, sin Museo céntrico, ni asfixiarnos acumulando un superávit de atractivos que no podemos asumir. Cuando sugerimos nerviosos tantas miradas, despistamos al visitante con el riesgo de que ya nadie venga porque los agotamos. Como con el curso del agua, en el turismo también hay que hacer itinerarios, remansos, plazas, museos y azudes. Hay un superávit de atractivos y no podemos llegar a tanto. De repente nos cansamos de lo de siempre, nos enamoramos de otras fachadas, y dejamos de lado elementos incomprensibles para turistas que con la Plaza Redonda, la fachada de la casa más estrecha del mundo de la Plaza de Lope de Vega y un pequeño paseo por el Trench y el Mercado Central tienen suficiente. Hay que volver también la mirada a l'Almodí, l'Almoina, las Torres, los restos de la muralla, los del Palacio Real, el Palau del Temple, el IVAM, y así sucesivamente. Esquina Zurradores con Sabateria dels Xiquets, hay un pequeño edificio, ahora exento, en forma de plancha que podría ser nuestro Flatiron Building, con vistas al actual solar que podría ser frente a la Plaza Redonda, la Plaza Rectangular, la de los libros de viejo, siguiendo la tradición de las casetas de la calle de Martín Mengod. Para atraer no hace falta más que atracción. Y a la ciudad le sobra belleza.

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