Trump y el pequeñito con la bomba van a tomar una copa

INOCENCIO F. ARIAS DIPLOMÁTICO

En un método para aprender coreano editado en Corea del Norte, en las frases de aprendizaje de la lengua es frecuente leer expresiones como «vamos a destrozar al imperialismo estadounidense», «los yanquis son lobos bajo forma humana» o «los imperialistas yanquis son enemigos del pueblo coreano». No faltan aleluyas como «nuestro presidente es el sol de la humanidad» y «tenemos una gran cosecha todos los años».

El triunfalismo infantil que despliega el régimen resulta patético si tenemos en cuenta que en el país han muerto, de hambre, unos 6 millones de personas en los últimos años. Por ello, los escasos turistas que visitan esa Corea no dejan de formularse la pregunta de qué pensarán verdaderamente de sus líderes y de su situación una población famélica que no puede viajar al extranjero ni siquiera para ver a sus parientes cercanos, hermanos a veces, en la Corea del Sur, y que es castigada si es sorprendida oyendo una radio extranjera.

Esas personas, adoctrinadas durante setenta años, con una cerebro concienzudamente lavado durante esas décadas, oirá ahora que su líder, el joven Kim Jong Un , tercer miembro de la dinastía comunista que entronizó su abuelo Kim Il Sung , es tan respetado en la comunidad internacional que el denostado y todopoderoso presidente Trump accede a venir a Corea a entrevistarse con él. Les restregarán esa respetabilidad.

Fuera de Corea, la noticia del anunciado encuentro -¿se celebrará en mayo como se dice?- ha causado, ante todo, estupor generalizado y, luego, alivio en ciertos sectores, irritación en otros.

Que Trump esté dispuesto a negociar personalmente con el impresentable norcoreano, algo que ninguno de sus predecesores, ni de izquierdas ni de derechas, se atrevió a hacer, causa asombro. Hace dos meses se insultaban en abundantes declaraciones y se enseñaban los dientes sin ambages. El americano se habrá, primero, empapado del problema. Su rival tiene abundante material nuclear, y aunque sufriera un devastador ataque preventivo de parte de las fuerzas estadounidenses, es harto posible que tuviera tiempo de atacar objetivos vitales de Corea del Sur. Seul está a menos de 100 kilómetros de la frontera del norte, y en él podría haber centenares de miles, incluso millones de muertos. En segundo lugar, emulando a Nixon con su viaje a China, el petulante americano piensa que ha lanzado un bombazo informativo, que desconcierta a sus rivales internos, difumina su imagen de caprichoso belicista de cara a las elecciones legislativas de este año y se arma de una poderosa coartada(«yo intenté negociar de buena voluntad») de cara a una posterior intervención.

Para Kim Jong el encuentro es la prueba de que su política de burlar a la comunidad internacional que le prohibía fabricar armas nucleares, sus engaños a las grandes potencias con las que había llegado a un acuerdo de detención de los ensayos mortíferos a cambio de cuantiosa ayuda alimenticia que le llegó, han resultado rentables. Trump se aviene a sentarse con él. No pocos analistas clarividentes señalan que el norcoreano ha dado el paso de anunciar que se vería con Trump no ya por su ego sino por la axfixia económica y porque teme que el impulsivo americano efectuase finalmente un ataque preventivo que plancharía el meollo de su capacidad ofensiva y dejaría a su régimen tambaleándose. Su supervivencia personal estaría en juego.

El americano ha hablado con su colega japonés Abe, que ha mostrado su satisfacción con el anuncio (Japón dada su cercanía tiene mucho que temer del desarrollo de misiles nucleares de los norcoreanos); con el chino, contento con que se entre en negociaciones directas; con el surcoreano Moon Jae, que ha sido el mediador y que se regocija; y hasta con Macron. No sabemos si con Merkel y Putin.

En Estados Unidos las reacciones son diversas. Desconcierto, seguido de aplausos, de rechazo, de rabiosas críticas y de escepticismo. David Ignatius, en el Washington Post, afirma que Trump ha caído en su propia trampa y esta legitimando a un líder despreciable mientras que Peter Baker, en el New York Times, un diario muy militante contra Trump, apunta que es cierto que todo lo utilizado hasta ahora -ruptura de relaciones, condena en la ONU, canje de ayuda por promesas de desarme, sanciones, redoblamiento de las sanciones- ha fracasado por la doblez de los norcoreanos, pero que no está mal intentar otro enfoque.

El encuentro sigue planteando varias incógnitas empezando por la actitud de los colaboradores de Trump. Al secretario de Estado Tillerson parece haberle pillado, en el extranjero, casi in albis. Otros miembros del gobierno se declaraban dubitativos hace días. Hay otras cuestiones: ¿que está dispuesto a dar Kim Jong si le levantan las sanciones? ¿Qué clase de desnuclearización aceptará Trump, detener totalmente las pruebas nucleares? ¿Admitirá el status de potencia nuclear de Corea del Norte a cambio de inspecciones que garanticen que no puede lanzar un ataque nuclear por sorpresa? Parece difícil, inverosímil, que los norcoreanos acepten un desarme completo.

Aunque muchas voces aseguran que Kim tomará el pelo a Trump, la popularidad del ególatra americano subirá en su país en los próximos meses-Nixon sacó un rédito enrome de su visita a Mao-, algo que sus enemigos y mucha prensa detestarán.

Fotos

Vídeos