ES MUY TRISTE DE...

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La epidemia se extendió en las diferentes versiones del transporte público. Permanecías encajonado en el vagón del metro, legañoso y sepión, cuando de repente subía un profesional de la mendicidad que, empleando tono cansino de funcionario a punto de jubilarse tras lustros aguantando quejas ajenas desde la ventanilla, murmuraba eso de «es muy triste de pedir, pero más triste es de robar, por eso les ruego que...»

Al señor Artur Mas se le está componiendo semblante de pedigüeño veterano con tanto suplicar limosna a las huestes independentistas para evitar así que el multazo esquilme su patrimonio, sus ahorros. Es injusto, dice, que sólo unos pocos soporten el fustazo del castigo. No pasa nada, apunta, si el resto de la cuadrilla afloja un poco, sólo un poquito de mosca, para así evitar la ruina de los elegidos para la gloria. Pero no hay manera. Nada, que la gente, la pacífica gente que coloca a sus pequeñuelos sobre el asfalto para cortar el tráfico cuando una huelguita fracasada, la tranquila gente que sabotea las vías del tren y gusta de insultar a todo aquel que no comulgue con su pensamiento racial, lo de rascarse los bolsillos no lo tiene demasiado claro. Una cosa es la algarada callejera, siempre a medio camino entre una romería folclórica y un botellón verbenero, y otra desenfundar la cartera. Es injusto. Sí. Tampoco nos parece muy justo secuestrar la normalidad de todo un país por un subidón delirante, ni fastidiar la lenta recuperación económica, ni soportar tanta y tan soporífera tabarra. Estén atentos cuando utilicen el transporte público, cualquier mañana irrumpirá un señor de mandíbula perfilada y gafas susurrando eso de «es muy triste de pedir pero...» Será Mas tratando de redondear el importe de la multa. Y entre pedir y robar, mejor pedir. Que se lo pregunten a su mentor Pujol.

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