TREINTA Y DOS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La plusmarca en materia alcohólica la consiguió un buen amigo, allá por el año ochenta y siete, en un bar que se plantificaba frente a la discoteca 'Barraca' y que se llamaba, si no recuerdo mal, 'El Chulla'. Se trataba de beber con pasión de borracho profesional allí porque las copas resultaban mucho más baratas que en la disco. Treinta y dos ponches marca 'Caballero' se pimpló sin pausa y con prisa mientras el resto coreábamos en risueño alboroto la singular performance. Ni siquiera le traspasó un coma etílico. Y luego hablan de Keith Richards... Este amigo evolucionó favorablemente, creó una pequeña empresa de éxito y abandonó su querencia hacia la frasca y otras actividades de politoxicomanía recalcitrante. El destino, además, le concedió tres estupendas criaturas. El mayor está a punto de cumplir esa edad en la cual demarra el deseo de atravesar la noche, de conocer gente, de iniciarse a la vida desde la sombras noctívagas, de observar, en definitiva, lo que se cuece sin la férula de los padres atosigando. Mi amigo está de los nervios. Sufre. Gime. Lloriquea. Intenta retrasar ese trance. «Es que yo, precisamente yo, conozco los peligros nocturnos...», me apunta cuando le reprocho su lado represor. «Pero tampoco te ha ido tan mal... Y no te convertiste en un descerebrado perpetuo...», le respondo. La otra tarde le atormenté aportándole unas cifras ofrecidas por este periódico: «¿Sabes? Ochenta mil adolescentes abusan del alcohol cada fin de semana en la Comunitat...». Se tornó verde. Tragó saliva. Carraspeó. Enmudeció. Una importante parte de la mocedad de ayer, hoy y siempre bebe recio porque el estímulo botellonero representa la rebeldía a precio de saldo. La mayoría sobrevivirá, por desgracia una minoría caerá por el camino. Mi amigo ya no recuerda su récord de copas. No me extraña.

Fotos

Vídeos