La tregua

EDUARDO BENLLOCH GARCÍA

Tras semanas de ansiedades, de soportar falsedades, engaños y trucos de malos jugadores -astutos se etiquetaban algunos-, el día 22 de Diciembre pareció un día distinto. Se había atenuado el vocerío mediático, daba la impresión al encender la televisión o la radio, al abrir los periódicos o las revistas, que habíamos cambiado de país. Ya casi no se oía hablar de Cataluña como un lugar extraño donde unos personajes se dedicaban a tratar de embarrar el campo de juego social y político sin importarles un ardite los costos de su empecinamiento, de su afán de protagonismo y su desprecio a las leyes que nos habíamos dado entre todos.

Por unos días, el ruido, si no cesó se atenuó lo suficiente como para que los ciudadanos de a pie, los que no tenemos afanes de notoriedad ni especiales ansias de poder pudiéramos decir casi tranquilamente: «Hoy fue un día feliz, sólo rutina». (Mario Benedetti, 'La tregua'). Qué había pasado, por qué esa relativa calma, por qué ese cambio. Nada fuera de lo ordinario, tras la tempestad siempre viene la calma, los políticos de todos los matices y colores colgaron sus argumentarios y se replegaron a sus cuarteles de invierno, recién estrenado, a digerir lo que había pasado, lo que era previsible que pasara. Que nada había cambiado realmente. ¿Cómo había de cambiar el tejido si los hilos de la urdimbre eran los mismos y colocados de la misma manera?

Los catalanes habían hecho caso omiso a los vientos de cambio, a las amenazas de desastres, a los vaticinios enojosos y habían seguido a lo suyo. A su división programada durante años, a su polarización irracional que no admite matices. Arrastrados por un poder de propaganda intocado casi una mitad de los electores eligieron no modificar sus posiciones, seguir en la confrontación, dando alas -y votos- a unos dirigentes cuyo sentido común no es su principal característica.

A pesar de las evidencias sobre la persistencia de los problemas y de la marea de fondo, las aguas parecieron amansarse, los titulares se minimizaron, las páginas de política rupturista se vieron desplazadas por páginas de sucesos. No hubo durante unos días editoriales y comentarios expertos sobre los trucos y delitos políticos, sobre presos políticos o políticos presos -sutil diferencia- ni sobre análisis de las necesarias o no modificaciones a la sufrida Constitución tan traída y llevada en los últimos tiempos. Fueron sustituidos por detallados informes policiales, por métodos de investigación de localización de móviles, por entrevistas y opiniones de todo tipo sobre un caso criminal súbitamente aupado a las primeras páginas de prensa y medios de comunicación. Sólo noticias aisladas cada vez con menos eco periodístico y fugaces apariciones en las pantallas de plasma de un prófugo, autodenominado President, salpicaban la tranquilidad mediática.

Por debajo, naturalmente, el hervor seguía, las maniobras de los políticos implicados no cesaban y se producían esporádicamente noticias que removían un poco las aguas. Pero la superficie seguía tranquila. Aquí no ha pasado nada, era la impresión, seguida de un suspiro de alivio.

Acabaron las fiestas, se consumieron los últimos turrones, se repartieron los últimos regalos de amor y amistad y casi por ensalmo se acabó la tregua. En los próximos días, semanas y, a lo peor, hasta meses vamos a volver -ya asoman- al rosario de trucos, embustes, retorcimiento de leyes y reglamentos, impugnaciones, suspensiones de acuerdos impropios y demás vericuetos a que el llamado 'procés' nos tiene acostumbrados. Nos queda la resignación, el soportar con paciencia las faltas de sentido común de unos y la falta de sentido de Estado de otros, o la ira y la indignación contra esos unos y otros. Cada vez es más patente la sensación de que la ira crece, que los ciudadanos ya estamos hartos de unos que no saben situarse detrás de las banderas adecuadas y de otros que procesionan tras unas banderas que no llevan a ninguna parte. Y así seguimos. ¿Por cuánto tiempo? Mientras el cuerpo social aguante, aunque la resignación y la paciencia siempre tienen un límite y no conviene acercarse a ese límite porque nunca se sabe cómo va a acabar, si disolviéndose como un azucarillo o si estallando como un petardo. Ninguna de las dos formas son las deseables ni racionales puesto que no parten de la resolución de los conflictos, sino de su forzada - que no racional- desaparición.

Mucho me temo que durante los próximos días, semanas y meses sigamos en la ceremonia de la confusión, sin que nadie -o casi nadie- cite ni se preocupe de las auténticas necesidades de la ciudadanía. Como si no importara la recuperación económica de las capas sociales más deprimidas, como si no fuera importante remediar el paro juvenil, como si no fuera imprescindible afanarse y comprometerse con dar viabilidad al sistema de pensiones, como si no fuera vital buscar vías para restablecer la natalidad, por poner sólo unos cuantos ejemplos (y perdón por no citar la sanidad, la justicia o la educación evidentemente no menos importantes). Todo se va a ir en discusiones vanas, en el peor caso meramente personalistas de quítate tú que me pongo yo, independiente de que ese yo tenga un proyecto viable de sociedad o no.

Lo que se ha denominado por sesudos analistas como «el esperpento catalán» no se queda ahí. Es una parte del esperpento español que no tendrá solución hasta que se consiga que unos dirigentes con suficiente altura de miras -la intelectual se les supone- aparquen las diferencias partidistas y se pongan -de verdad- al servicio del país, de todo el país, de toda España y afronten desde el necesario consenso las reformas que el Estado necesita para seguir la línea de viabilidad a través del progreso. Este es el 'proceso' necesario. Lo otro no son mas que distracciones innecesarias o, lo que es peor, perjudiciales.

La tregua informativa debería haber servido para algo, para la reflexión y el propósito de cambio de las organizaciones políticas, no para rearmarse de argumentos falaces, simplistas o meramente eslóganes y, en definitiva, inútiles.

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