Trato o truco

Más dura será la caída

En el legado de nuestro espíritu, los que nos amaron repetirán nuestro nombre en la eterna noche del universo

VICENTE GARRIDO

Toda esta espectacular parafernalia que nos ha invadido en forma de disfraces y happenings en torno a Halloween (como siempre, desde el todopoderoso sistema del espectáculo de Estados Unidos) no es sino un intento de evadirse de la idea de la muerte, trascendente en su representación en la cultura europea, y poner en su lugar la trivialidad infantil del mundo Disney, donde -ya se sabe-, nada sucede de verdad, y todo son construcciones de efectos especiales y decorados suntuosos. El Tenorio te presentaba la muerte como último vagón de donde saltar a la salvación del alma, e Ingmar Bergman, en 'El séptimo sello', te enfrentaba a un duelo de ajedrez con la muerte donde el jugador luchaba con la desolación armado únicamente con sus miedos e inteligencia. Un artista gráfico valenciano, Germán Piqueras, escribe en su libro de textos e imágenes titulado 'Querida muerte', que «no sé qué es la muerte. Sé comprender qué es un cuerpo sin vida, pero no creo que esa no vida pueda definirse como muerte». Y en otro lugar: «expresar la muerte nos hace amar la vida». Aquí están, a mi juicio, las dos claves esenciales para mirar a los ojos a la muerte: reconocer que nos arroja al misterio último del ser humano, por una parte, y que en tanto en cuanto nuestra vida es un camino hacia el fin, lo único que da sentido a nuestra existencia es cómo recorremos ese camino, por otra. Amar la vida porque sé que voy a morir es del todo racional, más aún, es lo que realmente nos permite comprender qué papel desempeñamos en este universo eterno e infinito.

Somos seres muy frágiles, nuestra vida depende de un hilo, por más que tengamos el natural mecanismo de defensa de sentirnos invulnerables si no nos metemos en situaciones peligrosas. Esa dependencia del azar (o del destino, o de Dios) solo nos permite una única opción: saber vivir lo que nos ha sido dado, poner el esfuerzo en desarrollar proyectos significativos mientras no acabamos de tomarnos del todo en serio. Por eso me hace gracia tanta apelación a la autoestima y su ensalzamiento, un negocio fabuloso para que no nos avergoncemos de nuestro cuerpo ni de nuestras opiniones.

Al contrario, somos banales si nuestra vida no ha tejido relaciones importantes con los demás. Halloween frivoliza a la parca porque es mejor no pensar en ella. Hay que mirarse solo el ombligo. La cura no es la autoestima, sino la estima de los otros que de verdad nos han amado. La muerte no puede extinguir la ayuda y el amor que hemos otorgado y recibido en los días en que hemos hollado la tierra, porque se multiplican en el infinito. En el legado de nuestro espíritu, los que nos amaron repetirán nuestro nombre en la eterna noche del universo, más allá de toda generación que pueda llegar a tener memoria de quienes fuimos. Y aunque esto sea solo un sueño, con él iré cara a la muerte.

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