EL TRASLADO QUIETO

MANUEL ALCÁNTARA

Sabía muy bien el prófugo Puigdemont lo que quería, lo que no quería y lo que no dejaba que quisiéramos los demás. Tantos traqueteos en el mapa de España han descolocado incluso a los geógrafos. Han perdido el norte mientras el juez Pablo Llarena decide trasladar la crisis catalana a la política alemana. Es el naufragio de la euroorden, que nos pilla a todos con el agua al cuello, pero con el culo mojado. Génova discute con Madrid y nosotros discrepamos con nosotros mismos, porque nos llevamos muy mal con nuestro otro yo. Ha sido necesaria mucha gente bien intencionada para hacer las cosas tan mal, mientras el Rey sigue dando la cara por los jueces en Cataluña, después de los incesantes ataques independentistas. Si hubiera dos Españas nos hubiéramos ido todos a la otra, pero España son varias. El lío de los plurinacionales ha llegado hasta los pueblos y hay patriotas que no quieren escuchar las campanas si suenan lejos, aunque les aturdan sus ruidos.

Su Majestad el Rey, en la entrega de despachos de Barcelona, ha remarcado el respeto a la ley de los jueces y de los magistrados y su independencia ante otros poderes públicos, más o menos poderosos. Somos una tribu difícil, pero no imposible. Los electores de centro derecha, que dicen que son mayoritarios, no saben a qué carta quedarse porque los que barajan les parecen ajenos a la timba y a los tahúres. La llamada a la unidad sólo la oyen los que se llaman a engaño, pero vivir es sobrevivir, por mucho que se disuelvan las asambleas y otros cónclaves. Lo grave es que la subida del salario mínimo no haya afectado al empleo. Parece que ni va con él, no con ningunos de nosotros, pero es cosa nuestra.

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