Transitoriedad

El independentismo necesita gestos muy elocuentes para animar a los indecisos o a los temerosos

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Está bien elegido el nombre de la ley de Transitoriedad aprobada en Cataluña. Pero no por el periodo transitorio al que se refiere sino por la fugacidad de la gloria mundana que ya proclamaran los clásicos con su «Sic transit gloria mundi». Toda gloria es efímera. También la de Puigdemont y otros chicos del montón. Ellos lo saben y la razón por la que tenían tanta prisa en aprobarla aun a costa de su propio Estatut y de los derechos que amparan a quienes no están de acuerdo y confían en sus representantes públicos para hacerlo notar, es esa conciencia de provisionalidad. El objetivo es cortoplacista. Tan corto como miope la mirada sobre el particular.

Lo de menos es su contenido que, visto como se aprobó, es tan aleatorio como la decisión de Forcadell sobre quién tiene la palabra y quién no, quién puede hablar para defender 'el procés', ese tótem al que adorar, y quién no. Ante la calma de Rajoy y el ánimo decaído en Cataluña sobre la independencia, había que insuflar gasolina a la falla para que ardiera. De lo contrario, una minúscula llamita indicaba que podría tardar años en arder y los indepes necesitaban que lo hiciera ya, con mucho estruendo y con sensación de apocalipsis. En una palabra, como diría Zapatero, «nos interesa que haya tensión»; ésa fue la clave de todo lo vivido en estos días. No estábamos en abril ni a mediados de junio sino en vísperas de la gran Parusía. Puigdemont vio el panorama mortecino del hartazgo de muchos en su carrera hacia la nada y una convocatoria que puede fallar cuando está preparada para ser la gran revelación, y puso el turbo para poder presumir de éxito el 1-O. No lo necesita demasiado porque quien altera la norma, olvida el reglamento y decide a su libre albedrío lo que está bien o mal, ¿qué remilgos va a tener para alterar los resultados de una consulta sin control ni garantías? Sin embargo, era necesario llenar las calles como nunca el próximo 11 de septiembre. Aunque todos sepamos que las calles se llenan de los pros y esos no crecen. Y que un millón no son seis millones. En cualquier caso, el independentismo necesita gestos muy elocuentes para animar a los indecisos o a los temerosos. Así está calculado el show del Parlament para hinchar el flotador del 11-S y que éste empuje a votar a quienes no terminan de ver claro lo que sucede en su tierra. El 1-O tiene muchas lecturas, una de ellas el uno a cero. Falta por ver en qué campo se está jugando. Puigdemont ha puesto en marcha un dominó colocado pieza a pieza para que cada una empuje a la siguiente hasta la victoria final. ¿Y cuál es ésa? Está por ver, porque contra España se vive mejor. No sé si lo han pensado. Una vez desconectados, el malo empezará a ser el Govern. Y eso ya no tiene vuelta atrás. Durante años, ajenos a los verdaderos problemas de los catalanes, cuando se quiten el velo de la transitoriedad, el batacazo puede ser enorme. Transit gloria mundi.

Fotos

Vídeos