Trampa diabólica

Más dura será la caída

Todo conducía a un mismo lugar, y el Gobierno no se enteró. De haberlo hecho podría haber elegido una vía más digna de sufrir y evitar tanta vergüenza

VICENTE GARRIDO

Hay ocasiones en la vida en que, haga lo que uno haga, no hay salida, o al menos una salida que no implique un profundo dolor. Son trampas diabólicas, como cuando todos los caminos llevan al sufrimiento y lo único que se puede hacer es sufrir con dignidad, lo que un Gobierno que se precie nunca puede perder. Permítanme que comente de qué modo el gobierno español entró en esa trampa el pasado domingo.

Todo comenzó con la declaración de las leyes del referéndum y 'de desconexión' por parte del Parlamento Catalán, en frontal oposición a la Constitución y al Estatut. El órdago estaba echado. Frente a esta situación Rajoy tenía tres opciones. Una, no apelar a la Justicia y negociar el plebiscito: prometer que se cambiaría la Constitución y reconocer los resultados que salieran. Dos, decretar la aplicación del artículo 155, lo que le hubiera dado más control de la situación a priori y mostrar el poder de la Ley, porque el referéndum no se hubiera producido, una vez bloqueado el Govern y Trapero. Tres, hacer lo que hizo: dejar en manos de los tribunales y las fuerzas policiales la situación, y tratar de impedir el 1O.

Pero Rajoy, en su psicología, estaba metido en la trampa diabólica. La primera opción implicaba modificar la Constitución y traicionar a su partido y a Ciudadanos, quien le hubiera retirado su apoyo; además, el PSOE hubiera saltado por los aires, porque ese cambio de la Constitución no es cirugía menor, y estaba claro que el País Vasco se pondría a la cola. La segunda solución era también mala: el PSOE, que todavía no se ha enterado que hay un golpe de estado en toda regla, la habría vetado seguro, lo que le hubiera dejado muy débil frente al desafío y, claro está, el Govern habría tildado esa acción como la 'ocupación' de Cataluña por parte de Madrid, y existía el riesgo real de un movimiento de rechazo con mucha televisión, algo que Rajoy quería evitar a toda costa.

La tercera es la que finalmente se tomó, y ya ven los resultados. Los mossos no iban a enemistarse con su gente; dirigidos por un secesionista, la traición estaba cantada para todos, menos para el Gobierno. Era la Policía y la GC quienes tenían que dar la cara para cumplir con lo ordenado por la Justicia. Y no lo iban a hacer dando besos. Ahora Puigdemont une a su discurso la afrenta recibida. El Rey quiere poner orden. Una nueva oportunidad para que el Estado levante la cabeza, a pesar de la zancadilla del PSOE pidiendo la reprobación de la vicepresidenta. Pedro Sánchez es una persona indigna por su incapacidad y falta de sentido de Estado para liderar a este partido centenario (del Mío Cid: ¡qué buen partido si tuviera buen Señor!). En fin, todo conducía a un mismo lugar, y el Gobierno no se enteró. De haberlo hecho quizás hubiera elegido una vía más digna de sufrir y evitar tanta vergüenza.

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