Tragedia de una noche de verano

Es un gesto vano, sí, pero sin él no mereceríamos existir, y la naturaleza humana no tendría redención posible

VICENTE GARRIDO

Leí con el corazón en un puño el muy triste accidente ocurrido en El Palmar, en la costa gaditana de Vejer. Una casita vacacional se convierte en una trampa mortal. Están durmiendo un matrimonio, sus dos hijos de cinco y nueve años, y un amigo de la familia. Una vela antimosquitos estaba colocada sobre la mesa del porche, encima de un mantel de papel, en una vivienda prefabricada con porche de madera y techo de plástico. La familia se fue a dormir y la vela se quedó encendida. Las llamas se extienden rápidamente y crean una barrera mortal que acaba con la vida de los dos hombres, Luis González Cornejo y José Corrientes Humanes, y de la hija de éste, Julia, a la que su padre intentó salvar, pereciendo en el intento. Los servicios de rescate encontraron a ambos abrazados.

La mujer y el niño sobrevivieron, aunque cuando escribo estas líneas la situación de Carmen Navarro, la madre, es todavía crítica, porque presenta quemaduras en el 90 por ciento de su cuerpo; el niño parece que saldrá adelante. Pienso en cuando se reponga, si Dios lo quiere, en el minuto uno de saber que su marido y su niña han fallecido, además de su amigo Luis. Sé que hay miles de muertos todos los días en el mundo, pero nuestra capacidad de atención selecciona entre tanto horror que llena todos los días los medios, y cuando la tragedia, por razón de proximidad psicológica o cultural, se filtra en nuestra conciencia, no puede dejar de conmover profundamente.

No obstante, entre tanta pena, hay dos gestos profundos en su naturalidad que quiero destacar. El primero es lo que dice el amigo de la familia, Luis, poco antes de fallecer, mientras le evacuaban al hospital, según los servicios de rescate: "José, amigo mío...". Los rescatadores le comunican que el padre, su amigo, ha muerto, sin duda él debió de preguntarlo. Luis se sentiría al borde la muerte, pero aún así su último pensamiento va hacia el amigo al que sabe ya muerto, y esas tres palabras se convierten en la declaración más hermosa de amistad más profunda que se pueda decir; la amistad hecha amor.

El segundo gesto es ese último abrazo entre el padre y la niña, quien iba a cumplir los cinco años al día siguiente. Puedo solo imaginar, como ejercicio intelectual, esa situación de horror y desesperación. El padre va a la habitación de los niños; el pequeño ha saltado por la ventana, el padre coge a Julia pero ya no puede salir de la estancia. Las llamas tapan todo; el humo, espeso, venenoso, penetra en las vías respiratorias como un cuchillo tóxico. José sabe que van a morir, y solo puede abrazar a su hija, es un abrazo inútil pero necesario, sin él nada de su vida hubiera tenido sentido. Es dar amor como antídoto ante el dolor, el miedo y la muerte, que son inminentes. Es un gesto vano, sí, pero sin él no mereceríamos existir, y la naturaleza humana no tendría redención posible.

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