TRADICIÓN ORAL

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Asombra la celeridad con la cual algunos olvidamos, tan sólo a principios de septiembre, los días vacacionales de ocio absoluto y perrería. Sumergidos en los centrifugados remolinos de la vuelta al cole ni siquiera recordamos los dulces jirones de la siesta de baba y del vermú de mediodía. Qué lejanos parecen esos momentos chancleteros teñidos de acalorada modorra. Sin embargo, por aquí y por allá, mientras deambulas para resolver las cuestiones pendientes que jalonan cualquier regreso, te topas con conocidos que te narran animosos sus vacaciones con profusión de detalles. Ya me he topado con varios que, además, han viajado hasta territorios de selvas remotas, nativos pintorescos y bichos casi tan formidables como los que moraban junto a King Kong en aquella isla perdida. He aprendido, pues, a componer rostro de vivo interés, entre otras cosas porque me fascina este retorno a la tradición oral y en parte porque me distrae observar el placer que experimentan narrando su aventura. Por si fuera poco, no sólo escucho atento, sino que coloco algunas preguntas diseminadas en esos discursos para provocar el subidón verbal que mana caudaloso de ese viajero. Les detecto un gozo tan sublime mientras desgranan sus minuciosas explicaciones que ya no sé si emprenden esos viajes para disfrutar y admirar otras culturas tan ajenas a la nuestra o para poder contarlo todo, con pelos y señales, cuando vuelven a casa. Naturalmente, oculto mi pensamiento íntimo para no defraudarles, porque en realidad mis cavilaciones van desde un «uf, qué pesadez tantas horas de avión...» hasta el «qué horror, mira que dormir en lugares tan hostiles...» Cuando nos despedimos no olvido al escritor Léautaud, uno que apenas salió de su París natal porque no necesitaba ventilarse la sesera para permanecer irreductible y lúcido.

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