Los tóxicos

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Holgazanear. Esa era mi única aspiración cuando era un chaval y estallaban las vacaciones veraniegas. Lástima que en mi casa no compartiesen estos anhelos de laxitud y sólo me permitiesen el reposo absoluto durante agosto. Durante el mes de julio el homenaje a la pereza estaba mal visto. Convenía «aprovechar el tiempo», un concepto algo vago que sigo sin comprender demasiado bien. Así pues, ante mi pasmo, en cierta ocasión me apuntaron durante ese mes a una academia de inglés. Dos horitas todas las mañanas. En aquel tiempo el aire acondicionado era un asunto de multimillonarios, asumíamos los calores resignados porque tampoco nos abrasaban con lo del estado del bienestar. Cuando el verano se sudaba y no nos quejábamos. Recuerdo la profesora, una mujer inglesa, rechoncha y amable dotada de una expresión neutra e insípida similar a la de una loncha de jamón de york que se podía traducir como una muestra de auténtica flema británica. Al terminar nos largábamos a una terraza para pimplar refrescos. «¿Y qué hace usted en Valencia?», le preguntamos. No se me olvida su respuesta: «En España la gente sonríe. Yo subo al autobús con mi hijita y la gente nos sonríe y le acarician la cabeza. Eso no sucede en mi país». Aquello nos pareció una chorrada, pero no lo era. Sólo entendí la hondura de su respuesta años más tarde. El personal, es cierto, en general, aquí suele segregar cariño, buenas vibraciones. Algo tan obvio pero tan importante. Por desgracia, en los últimos tiempos, han emergido energúmenos y mequetrefes que rompen esta saludable norma que lubrica nuestro modo de vida. Me refiero a ese rapero que insulta a Ortega Lara vía tuit o a esos alcaldes que le niegan una calle a Migel Ángel Blanco. Personas tóxicas que envenenan el ambiente. Pero no podrán con nosotros, somos más y mejores.

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