Tillerson se va, Pompeo sube

El exsecretario de Estado no logró vender a Trump la visión internacionalmente asumida por todo el mundo sobre Irán

ENRIQUE VÁZQUEZ

Un Donald Trump aparentemente muy seguro de sí mismo y capeando bien el temporal variado que rodea su gestión, decidió por fin prescindir de su secretario de Estado, Rex Tillerson, y puso en su lugar a Mike Pompeo, hasta el martes director de la CIA. Así, un millonario discreto y soso, de 62 años, ex-presidente del gigante petrolero Exxon Mobil, la quinta empresa más grande del mundo, fue fulminado el martes vía tuit, el género literario preferido del presidente.

Conservador moderado muy alejado de los usos y costumbres de su jefe, estaba en una relación rara con el presidente. Se sabía que detestaba sus modales y sufría sus interferencias, sobre todo las ejecutadas por Nikki Haley, embajadora en la ONU, ex-gobernadora de Carolina del Sur y muy escorada a la derecha pura y dura. El cesado Tillerson aceptó el puesto porque quería para culminar su carrera una dimensión adecuada en el servicio público. Había sido el jefe de la Exxon por diez años y a Trump le pareció ideal para redondear una imagen determinada de buen gobierno a cargo de un hombre sin tacha, ajeno a la polémica política y que tenía con el mundo árabe-saudí una relación impagable con aroma de petróleo. Dicho y hecho; pero rápidamente complicado por la interferencia de la Casa Blanca en el trabajo del Departamento de Estado y en cómo tratar el asunto iraní.

Obama lo había dejado listo con el gran acuerdo firmado en los últimos días de su mandato y que era -de ahí su importancia capital- no sólo un acuerdo bilateral sino literalmente mundial, según el compromiso alcanzado tras años de esfuerzos el 14 de julio de 2015. Fue firmado con toda solemnidad por las grandes potencias e Irán y, sin duda alguna (escribo esto con el aval de las inspecciones ulteriores a cargo de la Agencia Internacional de Energía Atómica), puso bajo control la dimensión militar del programa iraní. Eso, la mejor noticia para la paz del mundo escuchada en muchos años, según una estimación internacionalmente aceptada, lo defendía Mr. Tillerson a quien el presidente se lo reprochó en seguida.

Hay pocas dudas ahora de que ese asunto ha sido el dato central de la destitución del secretario de Estado, quien no consiguió vender a su jefe la versión internacionalmente asumida por el mundo entero. Esto, en vísperas de la llegada a Washington del nuevo hombre fuerte de Arabia Saudí, el príncipe heredero Ahmad Bin Salman, adversario de Irán, que, a su vez, está en el campo pro-sirio, dispone de un aliado de peso (el Hizbollah) en el Líbano y tiene influencia creciente en el mundo shíi de la región, era demasiado para Trump y el lobby pro-sionista que le rodea, encabezado por su yerno, Jared Kushner. Demasiado para que el ponderado Tillerson conservara el puesto. Pompeo, el nuevo secretario de Estado, está dispuesto a hacer el trabajo al gusto completo del presidente. y de Israel. Pero también fracasará.

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