Tiempo de Toscana

Tiempo de Toscana

MIGUEL APARICI NAVARRO

Se crearon los árboles y los arbustos caducifolios para que, un día, el andaluz Antonio Machado pudiera escribir: «mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera».

Se alargaron los días, con el equinoccio, para que el menestral valenciano madrugara en sacar sus tarugos a la calle y encendiera los fuegos alegres de las fallas.

Hasta el Creador escogió esta época del año para resucitar. Y la Pascua apareció florida.

De brotes tiernos en cepas alineadas, de nuevas avecillas piadoras y en revoloteo y de infinitas briznas de cereales, que cubren de pelusa verde las colinas no dejadas en barbecho.

Lo dicho, es tiempo de Toscana. La vitícola italiana, que valga la casi redundancia de su nomenclátor; certificador de comarca y país. La francesa, morada de surcos de lavanda. Y hasta una breve toscana valenciana, al alcance de nuestra privilegiada mano.

Elegir hacia cual dirigirse, unos breves días u horas, es cosa de nuestras circunstancias personales. Lo que no cabe es la duda ante el salir del umbral de nuestras moradas.

Por suerte, desde Manises parte un vuelo (a veces refulgente de eclesiásticos) directo a la eterna Roma; en poco más de dos horas. Y ya se sabe lo de atrapar las ofertas. Y en la ciudad eterna hasta las valencianas Obreras de la Cruz tienen casa hospedadora.

Una vez allí sólo queda alquilar un coche o tomar el tren o el autobús hacia el territorio soñado. Donde las suaves alturas se ondulan, donde las hileras de los viñedos se alejan -ordenadas- en la distancia, donde perviven recortándose en el paisaje las mansiones de los terratenientes. Muchas de ellas reconvertidas en acogedores centros de pernoctación y gastronomía.

Donde soñamos que la vida sigue siendo buena. Sin guerras, sin tráfico, sin cemento, sin ilegalidades, sin descorazonamientos.., sólo con ecología visual, trabajo digno, alimentos sanos, propiedad respetada, familias heredándose...

Pero a mitad camino, en el centro de la azul costa occidental mediterránea, también está la toscana francesa. Lástima que no tan a mano, por mor de ese feliz corredor mediterráneo que se nos estrangula en la catalana tierra. De donde sí parten fáciles accesos ferroviarios a Perpiñán, Montpellier, Carcasona o Marsella. Así que siempre nos quedarán la autopista o los pacientes trasbordadores enlaces.

Desde Marsella, que para nosotros los valencianos no sólo es un mito marítimo (igual que Génova), se nos invita a adentrarnos comarca tibia y suave adentro. No sin antes, eso sí, disfrutar de su ameno puerto; hoy deportivo y antaño guardado por las cadenas que el rey Alfonso dejó para ahora ostentar en nuestra capilla del Santo Cáliz.

Tierra al interior, digo, mirando por la ventanilla del transporte los morados surcos de los infinitos campos de espliego. Donde sus densas florescencias aromáticas, al cabo de los tallos, se miman para perfumes; que complementan al afamado jabón marsellés.

Y camino de Aviñón, al encuentro de la fortaleza donde también penó de cisma nuestro papa Luna, quedaremos envueltos por un matarral que -en nuestro caso, salvaje- también segaron los cuadrilleros de la postguerra para hundirlo en las calderas del destile.

Pero si no al extranjero, sí a un rincón lejano y discreto de nuestra provincia nos queda el consuelo de poder salir a respirar en tiempo toscanero.

Al suroeste de la Valencia provincial, con fácil acceso autovial, se alarga de Poniente ("y griega" de Almansa-La Font-Villena) hasta la entrada a la tierra blanca albaidense (Ontinyent) la yesca ondulada, soleada y laborada de la toscana valenciana. De ida y vuelta en el día, claro. Pero suficiente para calmar el latir emocional en nuestras venas. De largas y despejadas carreteras, a escala comarcal, de oasis arbóreos, latifundios cerealistas, viñares de cuidadosos bodegueros y casonas volumétricas con belvederes.

Allí lo saben... y nos están esperando. La cuasi moderna iglesia, de decimonónico estilo colonizador agrícola, el animado mercadillo dominical, los bares con mesas al sol de día templado y cocina invitadora al desahogo gastronómico. Hasta el horno, que no ha de faltar en tierra de pan llevar, con acarreada leña y afán de seguir tostando amasados de tradición casera.

Tiempo de ir parando, de detener el coche; con precaución y donde no se moleste. Porque las modernas cámaras de los móviles no se hicieron sólo para los selfies. Si no para toda postal que aparezca apostada ante nuestros ojos, a la espera de nuestra firma digital. Con muchas y variadas, entre arboledas, hermosas mansiones -en la distancia- que nos hablan de ilustres familias valencianas con apellidos reconocibles.

Y aunque en la zona están los toneles de los Arráez, los Taverners, los Frailes, los Enguera, los del Roure, los de la Vall, los Pinos, los de la Villa, el Cambra y la Torrevellisca... resultaría imperdonable no parar unos minutos en las bodegas de Belda (Fontanars del Alforins) a disfrutar del paisaje interior de su tienda vitivinícola; para regresar a casa, felices, acompañados de un espirituoso néctar de nuestra propia toscana.

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