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Cincuenta años después de la fundación, sociedad y Universidad Politécnica siguen estando obligadas a colaborar y entenderse

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Éramos principiantes, muy jóvenes...». Pocas confesiones más conmovedoras que las del hoy profesor emérito Manuel López Pellicer, en el acto académico del 50º aniversario de la Universidad Politécnica de Valencia. Jóvenes, principiantes... y con agallas, hay que añadir. Con valor y responsabilidad para dar la talla ante una exigencia moral que a Valencia se le puso delante, en el año 1968, y a la que supo responder positivamente como es fácil comprobar si volvemos la vista atrás.

Erinnerung. El rector se acogió al término alemán para evocar el momento en que la memoria se transforma en recuerdo afectuoso. Y evocó también, como en aquel discurso famoso ante el estanque de Washington, los sueños que quisiera ver hechos realidad con el paso del tiempo. Para mi gusto, su mejor afirmación, en la ceremonia del martes, fue la destinada a decirle a los políticos que hay asuntos de tan especial importancia que reclaman pactos de Estado.

«Fuimos muy exigentes, deliberadamente exigentes». El rector Marcos Rico, que habló sobre las novedades en el estudio del ADN en la ceremonia inaugural de 1970, recordó los tiempos heroicos. ¿Seis mil tesis doctorales? Exactamente han sido 6.100... Y un número de titulados apabullante, nada menos que 125.000 en cincuenta años de estudio e investigación. La Universidad, eso está claro, es uno de esos obligatorios asuntos de Estado. La educación es un valor que concierne a todos los partidos con la misma fuerza, con la misma obligación, y que el Estado no debería dejar de observar nunca desde muy cerca. Porque es toda la sociedad la que tiene uno de sus ejes de desarrollo en la Universidad, especialmente preparada para limar desigualdades de todo tipo, no solo económicas, si es pública y trabaja para el público.

«¿Por qué no mandas un artículo a LAS PROVINCIAS?» En la correspondencia de Vicente Mortes hay una carta, dirigida al ingeniero Francisco Ruvira, en la que le sugiere un texto, una carta, algo, que sea capaz de mover conciencias en una Valencia que se había quedado entre indiferente y desinformada tras la creación del Instituto Politécnico Superior. Ruvira, uno de los pioneros del 'Poli', escribió la carta. Y José Ombuena se la publicó en nuestras páginas el 6 de junio de 1968. Fue la primera llamada de atención en torno a una necesidad: si la sociedad no se implicaba, si no se ponían recursos y soluciones, el Politécnico podía ser una nube de verano.

Por fortuna se movió el Ayuntamiento y se activó la Caja de Ahorros para poner en marcha la compra de terrenos. Seducido por la novedad, el profesorado joven de la Universidad Literaria se volcó también en el atrevido proyecto. Y todo salió bien, a fin de cuentas. Francisco Mora, en su discurso del martes, apeló de nuevo a los beneficios que ha reportado y tiene que proporcionar ese permanente nexo de comunicación entre sociedad y Universidad. Con sus palabras, conectó sin esfuerzo con los sentimientos fundacionales. Como si no hubiera pasado el tiempo.

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