TERRITORIO

MANUEL ALCÁNTARA

Nicanor Parra ha dejado de tocar su tambor a los 103 años, que también se pasan en un vuelo. Creía en la poesía tanto que la puso del revés para que enseñara su otra cara. Algún día, andando el tiempo, si es que sigue sin pararse ni tropezar, la edad de ese lúcido loco chileno será normalísima, porque al parecer estamos diseñados para durar más de lo que estamos permaneciendo. En ese sentido, todos los que seguimos viviendo somos unos malogrados. Aprendió lo que denominamos el 'lenguaje de la calle', pero en cada una se habla un dialecto. Si en Babel no fueran necesarios los traductores quizá nos entenderíamos mejor. Era hermano de nuestra común benefactora Violeta Parra, la de 'Gracias a la vida'. Todo son técnicas de consuelo, pero hay personas que nos mutilan con su ausencia, como Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral, todos nacidos en ese prodigioso tahalí chileno donde América decidió colgar el idioma español, que es nuestra patria, con la ayuda de Rubén Darío. ¡Qué solos nos quedamos los vivos cuando se va gente así y no tenemos más remedio que quedarnos con la que se queda!

No hace falta vivir tanto para darse cuenta de cómo va el mundo: basta con leer el periódico que tenemos en las manos más o menos pecadoras. Ser comparados siempre ha sido un mal asunto. El presente, que los clásicos decían que es 'una poderosa deidad', ha cogido carrerilla y ahora lo que nos urge es pasar la página negra que ha urdido Puigdemont, que más que una página es un libro de reclamaciones. Los que quieren irse forcejean con los que no quieren que se vayan, pero lo importante son los Presupuestos Generales del Estado. El dinero es la posibilidad interminable de alcanzar lo que apetecemos, pero cada vez está más lejos de nuestro alcance. Por mucho que Rajoy prepare el terreno ante el bloqueo, el territorio sigue siendo abrupto. Quedarse quietos es caer en él.

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