LA TERRIBLE BOLA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Para rematar el íntimo momento de matutina reflexión se solía emplear el bidé a modo de higiénico colofón que depuraba cualquier rastro deshonrando la retambufa y su sagrado epicentro. Pero al bidé, ese gran invento, se le ha denostado por ser un clásico. Somos tan modernos que despreciamos la grandeza del bidé o del botijo, artefactos que refrescan nuestras entrañas gracias a una simplicidad genial.

El bidé cayó en desgracia debido al auge de las suaves toallitas perfumadas. Ah, qué gusto, el de esas toallitas. Y qué sublime sensación de limpieza total, oye. Sin embargo, la higiene digamos empleada en los terrenos de la superficie fomenta la obstrucción subterránea. Me interesa este tema, principalmente por huir siquiera un rato de lo de Cataluña y después por lo lynchiano (de David Lynch) del asunto; esto es, en cuanto rascamos sobre el barniz de la aterciopelada superficie, nos topamos con el desasosiego de lo extraño, de la maldad, de esa otra dimensión que acumula las putrefacciones del alma y del cuerpo. El viejo cauce del Turia nos tonifica con su esperanza de viva y verde naturaleza, pero el colector que serpentea abajo está ciego por culpa de 500 toneladas de esas toallitas que se metamorfosean y apelmazan en una pasta infecta que puede reventar el sistema proyectando hacia la superficie toda la porquería. Lo mismo sucede con las personas: alguien de aspecto impecable y pulcro acaso esconde toneladas de basura en su sesera y esto, tarde o temprano, deflagra y luego aflora hasta alcanzar consecuencias imprevisibles. Algunos muestran estos días un cerebro lavado y posiblemente colapsado por las ideologías fanáticas de las olorosas toallitas de usar y tirar. Cuidadín, se les está formando una terrible bola en la cabeza y esperamos que sus cocos no exploten como en la peli 'Scanners'.

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