Desde los Tercios de Flandes, ¿la Leyenda negra?

Desde los Tercios de Flandes, ¿la Leyenda negra?

Durante el siglo XVI España alcanzó el mayor poderío político y militar de su historia. Se había creado un gran Imperio con posesiones en Europa, Filipinas y las añadidas tras el descubrimiento de América. Su protagonismo recayó en dos reyes, padre e hijo, Carlos I y Felipe II. Carlos I había asumido en su reino la herencia de los territorios heredados de sus cuatro abuelos: Austria de su abuelo paterno Maximiliano I de Austria. Borgoñona, que incluía los Países Bajos, el Francocondado y Luxemburgo, de su abuela paterna María de Borgoña. Aragón, junto con los reinos de Sicilia, Nápoles, Cerdeña y Jerusalén, de su abuelo materno Fernando el Católico. Y Castilla, junto con las Islas Canarias y la América española, de su abuela materna Isabel la Católica. Todo ello convirtió España en la nación dominante en Europa a lo largo de todo este siglo XVI.

Durante su reinado Carlos I tuvo que procurar vencer a sus enemigos, que eran muchos porque un gran Imperio siempre los tiene, pero especialmente lo fueron Francia, las regiones protestantes de Alemania y el Imperio turco. El emperador Carlos quería una 'unión europea' en torno a una monarquía universal, con el catolicismo y su defensa como elemento de unión común.

La grandes empresas tienen grandes enemigos, fruto casi siempre de la envidia, de la rivalidad por el poder y el deseo de la ocupación de territorios así como por despertar en ellos un peligroso sentimiento de inferioridad y frustración que genera odio. Para defender su Imperio y sus ideas de unión europea, Carlos I necesitó disponer de un gran ejército. «Santiago y cierra España» fueron sin duda las últimas palabras que miles de enemigos de España escucharon antes de ser abatidos por la que fue la mejor infantería europea durante casi 150 años: los temibles Tercios, considerados por muchos como los herederos de las legiones romanas y compuestas por soldados que no eran mercenarios, sino hombres de honor, leales a su Rey y fervorosos católicos.

Aquel Imperio y aquellos Tercios, junto a la rivalidad comercial y militar, hicieron surgir en países protestantes a finales del XVI la Leyenda negra contra España. La Leyenda negra es «la opinión contra lo español», y a ella colaborarían eficazmente los protestantes de Lutero, que difundieron por toda Europa la opinión de que los españoles eran «ladrones, falsos, orgullosos y lujuriosos».

La Leyenda negra se extendió también a todo lo relacionado con el descubrimiento del nuevo continente, América, haciendo que muchos españoles, entonces y aún hoy, se avergüencen de ello. ¿Qué sentirían los franceses, los ingleses o los alemanes si hubieran sido ellos los protagonistas de la mayor gesta llevada a cabo por la humanidad? Seguro que se sentirían muy orgullosos. Muy lejos de ser el genocidio que desde la Leyenda negra pretendieron achacarnos, está demostrado que solo una pequeña parte de indígenas murió directamente por acciones bélicas, otra pequeña parte fue como consecuencia de malos tratos y el cambio de su habitat y el 97%, el más numeroso, fue por agresión microbiana, es decir por las enfermedades de las que los españoles eran portadores sin saberlo; viruela, sarampión, gripe, peste bubónica, tuberculosis, malaria o fiebre amarilla. Nunca hubo desde España la intención de un genocidio.

Las insidiosas descalificaciones de Cataluña contra el resto de España a lo largo de la historia han hecho mas por la persistencia de la Leyenda negra que lo que pudieron hacer juntos Guillermo de Orange y Voltaire. Últimamente la vemos resurgir con fuerza desde algunos ámbitos catalanes.

La Leyenda negra se resiste a desaparecer dispuesta siempre a rebrotar en cuanto la ocasión es propicia. Hay que preguntarse, ¿qué se ha hecho mal desde España, o que se ha dejado de hacer, para que los europeos sigan teniendo una opinión tan negativa sobre España?

Es cierto que en España hemos tenido durante cuarenta años la Dictadura de Franco, pero no es menos cierto que durante un tiempo coincidió en Alemania con el III Reich nazi de Hitler, y en media Europa, y durante casi cincuenta años, hubo una terrible dictadura comunista, impuesta muchas veces con la amenaza de los tanques.

Murió Franco, se acabó la Dictadura y los españoles, en una situación que con su esfuerzo había mejorado sensiblemente decidieron, por una gran mayoría, ser, en 1975, un país democrático y dotarse de una Constitución que nos obliga y protege a la vez a todos los españoles. Ir contra la ley, contra la Constitución y contra el Estado de Derecho que somos no es admisible desde ningún punto de vista. Las cosas pueden cambiarse pero por una mayoría suficiente y siempre de acuerdo con la ley.

Y ahora, Europa debe respetar la euroorden. Es lo que corresponde entre Estados miembros de la Unión Europea. Si ha habido violencia o no deben ser nuestros jueces quienes lo decidan y no los jueces de un pequeño lander, sobre los que parece que todavía sobrevuela la Leyenda negra.

Cataluña es en España una autonomía privilegiada, con mas autonomía que la de cualquier lander alemán, rica, en la que el Estado ha realizado grandes inversiones en infraestructuras y en todos los terrenos y hasta le facilitó la realización de unas Olimpiadas. En ninguna otra las ha habido. ¡Claro que siempre se quieren independizar los que son mas ricos!. Es su manera de entender la solidaridad. Pero en favor de muchos catalanes, mas de la mitad, hay que decir que ellos están siendo las principales víctimas de la otra mitad.

Desde los Tercios de Flandes, en el siglo XVI, han pasado muchos siglos, mas que suficientes para que los españoles no caigamos en la trampa, por tantos años soportada, de una Leyenda negra surgida ignominiosamente y basada en la envidia desde Europa, y nos sintamos, de una vez por todas, orgullosos de nuestra historia, con luces y sombras como todas, pero con muchas más luces que la mayoría de las de los países de nuestro entorno. Somos un país de la Unión Europea. ¿O no? Me gustaría oír la respuesta desde el mismo corazón de Europa. Me tranquilizaría saber a qué atenerme.

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