Teoría del plebiscito

MIQUEL NADAL

En tanto que ciudadano, nadie debe olvidar que el referéndum representa el 'único' ejercicio directo de poder político que a los ciudadanos se concede y por esto es institución que sólo la tienen los países de más amplia y firme tradición democrática estricta. En las demás formas de voto el ciudadano solo participa por vía indirecta: con el referéndum cada uno expresa de por sí su actitud ante la ley». La lógica es clara. El referéndum se coloca por encima de la soberanía popular, y de las limitaciones de la ley, como bien decía el autor del texto. No es la primera vez que muestro mi alergia a las fórmulas plebiscitarias del referéndum. La simplificación de las opciones en un tiránico y necesario sí o no que desacredita los matices, y sitúa como decisión la pregunta que no quieres o no crees necesario contestar. No es equidistancia, lejanía, o cobardía. Es el cansancio ante una simplificación que te supera, el hartazgo y el exilio interior ante la indigencia intelectual que se desprende del sentimentalismo aplicado a la política. El profundo desacuerdo ante esta política que ha hecho del uso de las redes sociales, la manipulación de las imágenes y el uso simbólico de la fotografía razón de Estado. Ya lo expuse una vez, con un ejemplo de las sangrantes y satíricas litografías de Honoré Daumier del siglo XIX francés. Una de ellas, la citaba Ángel Garrorena en un trabajo sobre la tensión entre la democracia directa y la democracia representativa, era aquella que refleja un diálogo entre dos campesinos y un alcalde, un político. Aquellos, sin entender siquiera la palabra plebiscito, preguntan, y no me resisto a emplear el francés popular: «M'sieu l'maire quoi donc que c'est qu'un bibiscite?» («Señor Alcalde, ¿qué es un bibiscito?», con la palabra incorrecta acreditando la ignorancia de la institución). El Alcalde, orondo, frente a los escuálidos campesinos, contestaba: «Es una palabra latina que quiere decir sí»). Un referéndum plebiscitario es como un penalti, que sólo falla quien lo convoca, diseñando las cosas para justificar el inevitable sí. En la tensión entre democracia directa y democracia representativa, uno escoge la segunda. Pero el problema es que cuando falla, no se cuida, o se deja que las lágrimas tomen la segunda, la apelación a la bondad directa del pueblo toma el mando, con alegre disposición. Medio siglo XX compuso su horror con la frívola denuncia de los defectos de la democracia representativa. Y así nos fue. ¡Ah!. El autor del texto que encabeza la columna no es Rousseau, ni Robespierre, Danton o Marat. Es Don Pedro Gual Villalbí, ministro de Franco, miembro del Consejo de Economía Nacional, secretario general del Fomento del Trabajo Nacional, director de la Escuela de Altos Estudios Mercantiles, en La Vanguardia Española, el día 5 de julio de 1947, el día previo al referéndum sobre la Ley de Sucesión Nacional, haciéndose eco de sus manifestaciones en Radio España de Barcelona.

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