Tatuajes para todos: ¿una técnica segura?

El autor analiza los riesgos de una práctica cada vez más extendida, y no sólo entre los jóvenes: la de los tatuajes

Un reciente estudio publicado en la revista Scientific Reports (2017; 7: 11395), ha demostrado que los pigmentos utilizados en los tatuajes pueden detectarse en los ganglios linfáticos regionales, estructuras relacionadas con el sistema inmune. Utilizando complejas técnicas de detección, los autores han podido identificar pigmentos orgánicos, metales pesados, como cromo, cobalto, manganeso y níquel, y dióxido de titanio en piel y tejidos linfáticos procedentes de cadáveres humanos. Además, existen evidencias de que estos tóxicos producen cambios ultraestructurales en los tejidos adyacentes a las partículas procedentes del tatuaje. Esto implica que los pigmentos utilizados en tatuajes liberan tóxicos químicos que migran a otros tejidos del organismo, provocando depósitos a largo plazo y alteraciones en la conformación de biomoléculas que probablemente contribuyan a la inflamación cutánea y otras patologías.

Casi de modo simultáneo a la publicación de este trabajo, el 'Servicio de Ciencia y Conocimiento' de la Comisión Europea (https://ec.europa.eu/jrc/en/publication/eur-scientific-and-technical-research-reports/safety-tattoos-and-permanent-make-final-report), había publicado un informe sobre la seguridad de los tatuajes (https://ec.europa.eu/jrc/en/publication/eur-scientific-and-technical-research-reports/safety-tattoos-and-permanent-make-final-report), en el que expresaba la necesidad de una evaluación completa del riesgo de los ingredientes que se utilizan en estas técnicas, incluyendo su fototoxicidad, nivel de absorción, distribución, metabolismo y excreción, así como el DNEL (Derived No Effect Level) o niveles sin efectos derivados, datos que son en gran medida desconocidos a día de hoy. Además, es necesario evaluar si los riesgos derivados del uso de determinados productos químicos en las tintas de tatuaje se controlan adecuadamente o deben abordarse mediante una medida adicional de la Unión Europea.

Es decir, que nos encontramos ante una práctica ampliamente extendida, de uso creciente y que goza de gran aceptación en amplios sectores de población -quizá influenciados por figuras del deporte y la vida pública que lucen extensos tatuajes-, de la que, por otra parte, no se dispone de evidencias suficientes sobre los niveles de seguridad que ofrece, ignorándose en gran medida los efectos secundarios que pueden derivarse de su uso, tanto a corto como a largo plazo. Hasta la fecha los riesgos sobre su uso se han centrado más en la posibilidad de transmisión de enfermedades infecciosas por una manipulación inadecuada del instrumental utilizado en su práctica.

El estudio ahora publicado, extiende el riesgo más allá de la transmisión de infecciones como la hepatitis, el Sida y otras, o la afectación dermatológica en el lugar de aplicación, pues revela que los pigmentos tóxicos pueden ubicarse en tejidos distantes del organismo y permanecer mucho tiempo en ellos, multiplicando su toxicidad a largo plazo.

Efectos del láser

Las técnicas de láser utilizadas para el borrado de los tatuajes, lejos de resolver el problema, lo agravan. El láser, según afirma la autora del trabajo, actúa fragmentando las partículas de pigmento que, de este modo, son susceptibles de diseminarse en mayor medida por el organismo, alcanzando otros órganos o tejidos donde ejercer su toxicidad. Además, la aplicación del láser provocaría modificaciones químicas en las sustancias pigmentadas utilizadas, lo cual puede acarrear nuevos riesgos de toxicidad.

Análisis bioético

Con los nuevos datos disponibles, se plantean dilemas éticos sobre el uso de los tatuajes que conviene mencionar, aunque brevemente. En primer lugar, la utilización de técnicas, en este caso cosméticas y no terapéuticas, no sería éticamente aceptable si no ofrece todas las garantías razonables de seguridad para los usuarios que acceden a ellas. Los organismos responsables de la autorización y regulación de estas prácticas deberían evaluar con rigor los nuevos datos sobre toxicidad y riesgos asociados a medida que se vayan conociendo, para regular su utilización o restringirla si fuera necesario.

Muchos tratamientos farmacológicos, sometidos a exhaustivo control farmacoterapéutico, sufren limitaciones en su uso por presentar efectos secundarios que son, en muchos casos, de menor entidad que los que se vienen observando en la práctica de los tatuajes, y los que pueden derivarse de los últimos hallazgos a los que nos referimos en este artículo.

Además de este primer aspecto relacionado con la bioseguridad, se suscita un segundo conflicto bioético relacionado: el consentimiento informado y la preservación del principio de autonomía del paciente. En cuanto al consentimiento informado, para que sea válido, el paciente debe ser informado con rigor y claridad de todos los aspectos que rodean a una intervención o tratamiento propuestos, sobre los que es el paciente en última instancia, el que se reserva el derecho de aceptarlo o rechazarlo. Esta decisión no puede tomarse convenientemente sin conocer todos los extremos sobre sus efectos secundarios, riesgos y beneficios potenciales. Los nuevos riesgos asociados a estas prácticas, junto al desconocimiento sobre su seguridad al que se refiere la Comisión de la Unión Europea, hacen muy difícil tomar una decisión bien informada sobre practicarse o no un tatuaje. Los usuarios acceden masivamente a ellos desde una posición de ignorancia en muchos aspectos, que hace imposible tomar una decisión autónoma bien informada y responsable.

Debe matizarse también que este problema se agudiza en el caso de los menores de edad, en los que al mencionado conflicto debe añadirse la incapacidad legal para decidir sobre intervenciones como éstas, siendo que, de hecho, acceden a ellas masivamente y, a menudo, sin el consentimiento de sus padres o tutores legales.

Conclusión

La extendida y creciente práctica del tatuaje, lejos de estar exenta de riesgos, presenta niveles de toxicidad que son, en buena medida, desconocidos por la población que accede a ella. La ausencia de regulación, en parte debida a la escasez de datos sobre las potenciales consecuencias de su uso, constituye una situación de riesgo y desprotección para los usuarios, que no pueden decidir autónomamente sobre tatuarse o no si no poseen la información relevante y actualizada sobre sus riesgos. El artículo ahora publicado invita a no subestimarlos, antes bien, alertar sobre efectos graves que pueden manifestarse a largo plazo, probablemente cuando sea demasiado tarde para aplicar una solución.

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