A lo suyo

FELIPE BENÍTEZ REYES

El independentismo catalán se ha acogido a un método de efectividad casi infalible: someter la realidad a la lógica del absurdo. Y resulta infalible porque resulta a la vez irrebatible: si alguien te asegura que tiene escondido en su casa a un marciano cabezudo, a ver cómo se lo refutas, ya que el problema no es tanto el extraterrestre cabezudo en sí como el funcionamiento de la cabeza del terrícola.

De cuanto llevamos oído al respecto, se saca al menos una conclusión: que el 'seny' que allí se esgrime como rasgo identitario -cabe suponer que en contraste con la tendencia del resto del país al disparate y al atolondramiento- no pasa de ser una leyenda más de cuantas conforman el imaginario colectivo catalanista, o al menos ese imaginario que la mitad de los nativos de allí se empeña en imponer como único legítimo a la mitad restante; es decir, a esa otra mitad convertida en receptora involuntaria del cuento del marciano.

Hemos oído que el Estado español es un ente sanguinario dispuesto a sembrar de cadáveres las calles de Cataluña, que la DUI es un invento del gobierno central, que tanto Europa como el empresariado abrazarían incondicionalmente la causa. Hemos asistido al nacimiento de una república en cuyos organismos oficiales siguió ondeando la bandera española. Hemos visto centenares de heridos invisibles. Hemos sido testigos de la adhesión de las izquierdas a un presidente heroicamente fugado, heredero político de un padre de la patria que a la vez fue hijo adoptivo de la banca de Andorra. Hemos oído a un catedrático de economía, científicamente secesionista, la conjetura de que la subida del paro en Cataluña es, en el fondo, una buena noticia para Cataluña (¿?). Hemos visto a los principales artífices del proceso acatar el 155 con la docilidad de unos revolucionarios responsables, aunque sorprendidos e indignados por el hecho de que la ley se aplique a los políticos que incumplen la ley. Hemos visto pedir amparo constitucional a unos infractores de la Constitución, tras considerar un mandato popular ineludible el resultado de un referéndum paródico. Hemos visto pedir dinero solidario a un expresidente perteneciente a la oligarquía insolidaria y a unos golpistas acusar a la ley de instrumento golpista. (Y cerremos aquí el catálogo de prodigios.)

Como problema complementario, contamos con un gobierno central que carece de honorabilidad para combatir las fantasías separatistas, lo que vuelve vulnerables incluso sus argumentos razonables: no puede dar lecciones de legitimidad institucional quien no tiene credibilidad moral. Como problema derivado, casi todos los partidos estatales de la oposición procuran mantener un equilibrio difícil: nadar en Cataluña y seguir guardando la ropa en el resto de España.

Y lo que quede, en fin, quedó.

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