Surrealismo perruno (y humano)

Alguna explicación debe de haber para justificar actitudes irracionales que se están registrando en todos los órdenes de la vida cotidiana

PABLO SALAZAR

Paco Gandía, aquel famoso humorista sevillano ya desaparecido y que alcanzó fama en la década de los ochenta, siempre comenzaba a contar sus singulares historias (alguna de ellas, como la del niño y los garbanzos, duraba casi diez minutos) de la misma forma: «Esto no es un chiste, es un caso verídico». Pues lo que yo les voy a relatar también, y aunque me puede costar la incomprensión y hasta las críticas de algún que otro defensor de los animales (no de los inteligentes, que son la mayoría) me veo obligado a narrarlo tal y como lo viví. Carretera de las Marinas, Dénia, provincia de Alicante, en el antiguo Reino de Valencia, España (o lo que queda de ella), Unión Europea (con permiso del 'Brexit'), agosto de 2017, siglo XXI de nuestra era. Camino por el arcén para ir a comprar el periódico cuando de frente, en sentido contrario (infringiendo la norma de 'peatón, en carretera circula por tu izquierda') viene andando hacia mí una señora que tira de un pequeño perro. El animal va por la parte de dentro, es decir, junto a la calzada, muy cerca de la intensa circulación rodada (aquí aún no han llegado Ribó y Grezzi), por lo que cuando nos cruzamos y ante un bocinazo de un automovilista al ver al animal que se le viene encima, la dueña le pega un fuerte estirón a la correa y le espeta a voz en grito lo siguiente: «¡Te tengo dicho que no te acerques a los coches!». En un primer momento hasta pensé que me lo decía a mí, pero no, al girarme vi que se estaba dirigiendo muy enfadada a su mascota. ¿Te tengo dicho? ¿Que no te acerques a los coches? Pero señora mía... ¡si es un perro! ¿Cómo que te tengo dicho, cómo que no te acerques a los coches? El pobre animal seguía a la suya, recuperándose (supongo) del repentino estrangulamiento a manos de su iracunda dueña. El caso es que a un servidor, ya se lo pueden imaginar, el suceso (verídico, insisto) le dejó pensativo, más allá del clásico (y viejuno) recurso a una exclamación muy de la época de nuestras madres, ¿a dónde vamos a ir a parar? Y ni siquiera encontrarme en una web con la noticia de que un gato en Corea del Sur (no puede ser en la del Norte, allí pasan tanta hambre gracias al comunismo libertador que se los comen) se espera a que el semáforo se ponga en verde para los peatones para cruzar el paso de cebra (¿no será que se espera a ver que no pasen coches?) ha conseguido sacarme de mi estado de shock, de la incredulidad ante esta moda creciente e infantil de humanizar a los animales. A ver si al final va a ser el cambio climático, 'la caló', la contaminación, o la alimentación, la comida basura, o las prisas, el estrés, o los móviles, tantas horas con el aparatito de marras, yo qué sé. Alguna explicación debe de haber para esta especie de locura colectiva que nos asalta y que lleva a unos a hablar de tú a tú con su perro y a otros a intentar proclamar una república catalana pasándose el Estado de derecho por el arco de triunfo. Para hacérselo mirar.

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