SUFRIDA FE GRANOTA

JOSÉ MARTÍ

Todo padre responsable procura evitar hacer sufrir a sus hijos. Por eso algunos nos preguntamos en estos días si hacemos lo correcto sembrando en nuestra prole la fe granota. Animarles a que vayan a Orriols, vistan indumentaria azulgrana, decoren su cuarto como si fuera un museo, idealicen a los jugadores y sean señalados en su colegio como «el del Levante». Sería más sencillo dejarles arrastrar por la corriente dominante, muy dominante, y que se hagan del Valencia (o del Madrid, ya puestos). Les ahorraríamos un destino incierto y abundante en sinsabores. Es posible. Realmente es duro para un niño no ver ganar a su equipo en casa desde aquellos días lejanos de septiembre. Cualquier padre padece al ver a sus hijos apretar los dientes con la derrota o llorar en la grada la lamentable eliminación de Copa. Pero un levantinista es alguien que ha optado por pertenecer a la minoría, con todo lo que eso comporta. Asume el dolor como algo innato. Sería más cómodo «trabajar sus competencias emocionales», como dicen los pedagogos progres, para que el niño pueda discurrir por un estado de beatitud y felicidad, sin contradicciones, sin adversidad, sin dolor, sin crueldad. Como escribía Alberto Royo sobre la educación actual en España en el libro 'La sociedad gaseosa', a los niños (y niñas, por supuesto) se les educa «en un mundo sin relatos donde los hombres deban tomar decisiones morales y sin cuentos donde haya malos que se comen a los niños (los únicos malvados serían los aficionados a los toros)». Ser del Levante es una extraordinaria escuela para el futuro. En las gradas de Orriols aprenden a ser fuertes, a enfrentarse al dolor o a la crueldad de la vida. Lo del famoso 'forjados en el yunque de la adversidad' es cierto. ¿O acaso no es cruel tener la certeza de que por muchas ocasiones que generes es imposible que marques gol si no es de penalti? Nuestros hijos aprenden que cada derrota, por humillante que sea, tiene que sobrellevarse con paciencia, fortaleza y tolerancia: no tiene vuelta de hoja y ya no hay nada que hacer. Dicen que el mejor legado de un padre a sus hijos es la educación. Cierto. También dedicarles un poco de tiempo cada día. Es posible. Pero sin duda inocularles la fe granota es un tesoro que les dejamos para siempre, una fuente permanente de independencia, sentimiento y optimismo vital, donde incluso la infelicidad a veces les hará felices. Algo que marca para toda la vida. Enric González señaló, en referencia a los periquitos, que «en cierto modo, esta fe sacrificada y gratuita provoca un extraño sentimiento de superioridad frente a los que ganan siempre, o casi siempre, o alguna vez. Uno acaba convencido, aunque no sea elegante confesarlo, de que sus sentimientos poseen mayor pureza que los de la competencia». Vale la pena. O no.

Fotos

Vídeos