PORQUE HAY SUERTECILLA

D. Burguera
D. BURGUERAValencia

Cuando uno conoce un poco, un poco nada más, los vericuetos políticos que dominan la Administración, sinceramente, es difícil que te queden muchas ganas de votar a nadie. Y no por falta de ideas, sino por falta de esperanza. Te la quitan. A veces, en un rapto de vanidad (ese pecado capital en el que podemos caer todos, pero en grados muy diversos), nuestros próceres consideran que su trabajo no está más reconocido porque no se conoce. ¿Y quién a su alrededor, si todos son viejos amigos de trinchera o aspirantes a chupar del vote, les va a decir que cuanto menos se sepa lo que hacen casi que mejor? ¿Quién? Nadie. La suerte que tienen los cargos electos y los no electos pero sí designados digitalmente, es que el ciudadano va a la suya. Porque es difícil, por no decir imposible, que pasen la prueba del algodón del valenciano medio, normal, mondo y lirondo. Tengo comprobado que aquel que se acerca, por ejemplo, a Les Corts «sin apriorismos» (un par de palabras que ahora van muy juntitas por estar muy de moda), sin ganas de dar su apoyo a unos u otros, sale del parlamento con ganas de coger un avión a cualquier lugar y pedir asilo.

Obviamente, no se trata de toda la jarca política, pero sí de buena parte de ella. De modo que un día aparece Borrell, que el PSOE borró de la faz de la tierra política, se le escucha y el personal piensa: ¿Y este hombre, cómo es que no manda nada ni entre los suyos ni entre nosotros? Será que un día no entró por el aro o no pasó por el molde o lo que fuera, pero 'borrelles' hay a patadas mientras abundan los beneficiarios de sueldo público que no saben hacer la o con un canuto pero sí saben hacer la ola a sus jefes de filas. Los despachos de las diputaciones acaban utilizados como sedes de partidillos incipientes o como cementerio de políticos que pueden dar pena pero nunca, ya, glorias. Entre los asesores municipales, provinciales, autonómicos o de cualquier otra ralea abundan los fontaneros de los partidos. Formaciones arruinadas y endeudadas, la mayoría, por no saber ni querer saber administrarse, a pesar de lo que publiciten sus capacidades para administrarnos a nosotros. Es más que posible, es mucho más, está ocurriendo, que una autoridad institucional se fotografíe gustoso con los nuevos mandos militares en territorio valenciano para a continuación calificar al Estado de opresor. Es más que probable, ocurre todos los días, que el discurso del Consell se afile ante la gestión del Gobierno central y cuando venga el ministro de Fomento, que está aquí día sí y al otro y al otro, se le reciba sin que asome la crítica en público (y en privado) y se espere a que coja el AVE para volver a ponerle a parir. Hay suertecilla, por tanto, en que las cosas vayan saliendo adelante porque, la verdad, estamos en manos bastante patosas.

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