Sueños

Hubo un tiempo antiguo en que valencianos y catalanes bailaban sardanas en El Parterre cada domingo

F. P. PUCHE

El muchacho se quedó contemplando el anuncio de prensa y no podía creerlo: «Mestalla. Hoy, domingo, a las 4'45 de la tarde. Partido Interregional. Valencia-Cataluña. Entrada general, seis pesetas». Buscó la fecha del periódico y, al verla, le invadió otra dosis de incredulidad: el insólito partido de fútbol entre las selecciones catalana y valenciana se jugó el 27 de febrero de 1944...

Buscó explicaciones y un viejo muy viejo le indicó que quizá el mundo antiguo no fue exactamente como ha sido contado o descrito. Le dijo que hubo un tiempo arcaico en que el sentido de región no despertaba resabios de ningún tipo y que, al margen de la Liga Oficial, las regiones mandaban a sus selecciones de fútbol a disputar partidos benéficos. Sin comerlo ni beberlo, el anciano, casi como un Gandalf de 'El Señor de los Anillos', se vio rodeado de más y más adolescentes, chicas y chicos, que le miraban con ojos atónitos cuando describió que una Casa de Catalunya en Valencia estuvo antiguamente en la calle de la Paz, donde hasta hace poco funcionó una corsetería, y que allí se iba con normalidad a leer la prensa y consultar la biblioteca, incluso si no se era socio.

El viejo, midiendo bien sus palabras, dedicó largos minutos a desmontar recelos adolescentes y tuvo que hacer con los dedos el signo de la cruz para reforzar sus afirmaciones:

- Nadie molestó nunca a la Casa de Catalunya en Valencia; ni una piedra ni una pintada mancillaron jamás aquella elegante fachada...

Se agregaban más y más estudiantes, deseosos de escuchar las historias del anciano, increíbles por idílicas. Pero inspirado por no se sabe bien qué dolorosos acontecimientos, el viejo viejísimo habló y habló: primero de un tiempo en que la política de los intereses de partido no había mancillado aun la inocencia de los acólitos de la nueva democracia y luego para pintar al pastel un cuadro edificante en el que las autonomías de la nueva España se sentían iguales en derechos y deberes ante un Estado que las amaba, admiraba y amparaba a todas por igual.

Fue ahí cuando el viejo de la luenga barba recibió los primeros amagos de discrepancia:

- No podemos creerte, abuelo: ¿autonomías iguales y en convivencia?

- Pues aún os contaré otra asombrosa historia, niños...

El viejo empezó entonces el relato de lo que sucedía cada semana, en el Parterre, durante los ignotos años cincuenta del siglo XX. Describió una escena, pastoril de puro armónica, en la que valencianos y miembros de la colonia catalana en la ciudad del Turia se daban las manos para formar lindos círculos de danza de sardanas. Una cobla mixta, de músicos nacidos al norte y al sur del río de la Cenia, animaba las tiernas mañanas, después de la misa dominical, con los aires de 'La Santa Espina'.

Fue demasiado. Cuando un joven elevó la voz y dijo «este tío está majara», la muchachada se dispersó, móvil en mano. O así lo he soñado.

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