No sólo arde la Calderona

Sala de máquinas

Se indigna la misma vicepresidenta cuyo partido tiene a trolls a sueldo saltando de mata en mata por las redes sociales

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Publicado en la edición impresa del domingo 2 de julio de 2017.

Manolo Mallol es bombero y tiene un problema. No se ha enterado de que «ningún valenciano se avergüenza hoy de sus gobernantes». Según las palabras de Puig y Oltra para evaluar la mitad de la legislatura bitripartita. Ninguno. Puig y Oltra amagan ya con alcanzar el punto de deidad que afectó a Paco Camps cuando empezó a tomar la parte por el todo. De repente, todos los valencianos, todos, están con ellos. Cuando naturalmente sobran valencianos que se avergüenzan hoy de sus gobernantes, con más o menos razones, sólo que los valencianos que se avergüenzan de Puig y Oltra son en su mayoría distintos a los que lo hacían respecto a los líderes del PP valenciano. Pero el bombero Manolo Mallol se metió el jueves entre las lenguas de fuego de la Calderona ignorando la marmórea unanimidad decretada sobre la vergüenza de los valencianos y colgó un vídeo en Facebook de poco más de un minuto diciendo aquello de ‘el Rey está desnudo’. En un golpe de ofuscación e impotencia durante un desplazamiento, mientras las llamas se apoderaban del terreno, criticó el abandono del monte y la errática ultraprotección de los gobiernos ecologistas, un criterio por lo demás compartido por la mayoría de sus colegas. De repente Manolo Mallol dejó de ser un bombero acreditado con 17 años de experiencia, para convertirse en un emboscado del Partido Popular. La vicepresidenta del Consell desveló horas después tras la consiguiente investigación que en realidad «estaba haciendo campaña para el PP mientras sus compañeros se jugaban el tipo» (él, no), puesto que fue concejal de pueblo años atrás, por lo que rizando el rizo Oltra lo ve cómplice por omisión de los recortes presupuestarios que después dan lugar a los incendios. Y «¡en-ho-ra-rio-la-bo-ral!», se indigna la misma vicepresidenta cuyo partido tiene decenas de trolls a sueldo saltando de mata en mata por las redes sociales y por los comentarios de las ediciones digitales de la prensa. También en horario laboral.

El bombero Mallol no se da cuenta de que sufre un peligroso desviacionismo. Sobre los incendios y sobre todo lo demás sólo caben tres posibles culpables: los gobiernos del PP, el toro que mató a Manolete o directamente Franco, que lo dejó todo atado y mal atado. Poco importa que la izquierda haya gobernado más de la mitad del periodo democrático; la fatal oposición de la derecha nunca le ha dejado las manos enteramente libres; de esto ya se quejó en su momento Largo Caballero (otro golpista reincidente, otro franquito). La izquierda presupone la militarización ideológica del discrepante: los ciudadanos críticos son en el fondo colaboradores ocultos del PP porque los valencianos normales no discrepan en público. Sean bomberos o exsindic de Comptes como Rafael Vicente Queralt contra el que convocaron una rueda de prensa inaudita en la historia parlamentaria para triturarlo tras no someterse a los dictados tripartitos de la comisión de Ciegsa.

Sr. García

O los presidentes de Fallas con ideas propias y autónomas a los que Pere Fuset no logra embridar. El concejal pirómano que luego pretende ejercer de bombero. Fuset ha convertido las fallas en una Calderona flameante con su estrambótico intento de abrir una tercera vía a fuerza de quemarlo todo. Hasta ahora había dos posiciones conocidas y encontradas. Se estaba con las fallas o contra las fallas; gustaban (Barberá) o no gustaban (Ribó). Pero Fuset se ha creído que podía cambiar la fiesta, transformarla al gusto de la izquierda nacionalista, ingeniería a lo Mengele, y claro el muchacho se ha achicharrado dentro y ya puede ir olvidándose de sus aspiraciones para coronarse como el heredero del alcalde, con lo que habría disfrutado Fuset con la vara de mando, cual prestidigitador endomingado sobre el teatrillo del pleno municipal. Su descrédito apunta ya a definitivo. Quiso quitar banderas, quiso quitar versos que no le gustaban, subir los escotes de las falleras, alargarles la falda, poner moños. Y entró con una encuesta impresentable (a cuenta de sus cuatro clases de Sociología) a fisgonear lo que votan los falleros, cuánto van a misa y si su desapego de lo español es grande o pequeño; buscando sobre todo un supuesto resultado que revelara algo así como que los dirigentes falleros no representan a la base y carecen de legitimidad. Melonadas. Primero fue reprobado, luego se pidió su dimisión y cuando se vio contra las cuerdas huyó con las cerillas en la mano a la vista del público y decidió no volver a reunirse con el sector bajo la excusa de «despolitizar la fiesta». Despolitizar la fiesta es que en la fiesta no manden los políticos, mientras lo de Fuset va de seguir mandando sin cumplir con las obligaciones de un cargo público en democracia: rendir cuentas y ser transparente.

Es posible que Fuset pase ahora a la posición de descanso y desaparezca un tiempo del escenario, el problema es que Fuset y Grezzi se van dando sucesivamente el relevo y si el concejal de esa cursilada llamada ‘Cultura Festiva’ pasa al banquillo, su compañero de Movilidad retomará protagonismo. El tráfico es junto a la educación otro incendio permanente. El conseller Marzà es un político comedido que al menos nos ahorra las formas estrafalarias de su compañero. Bien, pero la impronta sectarista de su gestión le ha llevado a un callejón sin salida. No es sólo que tenga en contra buena parte de la comunidad educativa y haya logrado el hito de sacar a las calles por primera vez a las clases medias. Es que se ha encontrado con el muro de los tribunales, ese mismo muro que hundió al PP en el ostracismo por otras causas. La suspensión cautelar de su modelo pedagógico debido a su potencial ataque a los derechos fundamentales de parte del alumnado lo ha dejado en modo bloqueo. Y ha decidido meter la cabeza bajo tierra y no darse por enterado. Sin plan B. Las críticas internas empiezan a ser externas; el defenestrado Rafa Carbonell ha vuelto a su colegio de Alcoy («jamás pensé que defender al Bloc fuera incompatible con mi puesto de trabajo en una escuela concertada»). En septiembre, el caos puede ser colosal, con la posible revocación de las matriculaciones con el curso empezado. Un otoño caliente, así solían alentarlo ellos cuando gobernaban los otros.

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