SLOW WORK

Todavía hay trabajos ridículos, inseguros, inservibles para sobrevivir e incompatibles con la familia

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

A menudo, cuando nos hablan de pésimas condiciones de trabajo, tendemos a pensar en países en desarrollo. Nos vienen a la memoria tragedias como las del Rana Plaza, en Bangladesh, donde murieron más de 1.000 personas en el derrumbe de un edificio con fábricas de ropa. Son entornos en los que no solo los sueldos son de miseria sino también las esperanzas de trabajar dignamente. Se nos hace difícil imaginar esa explotación aquí, en nuestras ciudades. Sin embargo, en los últimos días hemos conocido un par de casos de 'karoshi' que es como los japoneses llaman a la muerte por exceso de trabajo. Jornadas imposibles, semanas sin descanso y presión por todas partes llevaron a una reportera de 31 años a morir de agotamiento (había hecho 159 horas extras en el mes anterior a su muerte) y a otra trabajadora, al suicidio con 24 años. Japón es una de las economías más potentes de nuestro planeta así que difícilmente podemos asociar un trabajo inhumano solo con la pobreza.

El problema es que en ambos casos, la persona está por debajo de los beneficios o la productividad. El mundo laboral es uno de los que más necesita una corriente de slow, como slow food o slow travel, pero las exigencias de rentabilidad saben que un trabajador, sobre todo no cualificado, es fácilmente sustituible por otro. En ese contexto, la persona no se distingue mucho de un tractor. Es un instrumento de trabajo. Lo que está fallando no es la falta de control, sino la falta de humanidad. La corriente slow que defiende la comida reposada y aprecia y saborea cada producto, o que disfruta del viaje y del entorno sin tener prisa en llegar debería aplicarse también al trabajo, poniendo el acento más en el proceso que en el resultado. O en otro tipo de resultados: los beneficios sociales y morales de una sociedad. Cuando se pierde un puesto de trabajo se anula mucho más que una fuente de ingresos; se reducen la autoestima, el sentido de la vida y la capacidad para salir adelante.

Por algo los índices internacionales sobre la riqueza de un país están incorporando, en los últimos años, variables relacionadas con la felicidad. Sin embargo, ese enfoque, a juzgar por la realidad, no es más que un horizonte de máximos. El de mínimos se llama «trabajo decente». Es una expresión que siempre me ha impresionado por el uso que normalmente damos a la palabra «decente» en el contexto actual, no en el sentido antiguo. Cuando decimos que algo ha quedado «decente» estamos refiriéndonos a que es pasable, justito, básico. Es un mínimo. Lo recuerda hoy la iniciativa 'Iglesia por el Trabajo Decente (ITD)' que celebra el Día Mundial en las diócesis valencianas. Pensamos que en nuestro entorno el trabajo es, por lo menos, decente. En cambio, todavía los hay ridículos, inseguros, inservibles para sobrevivir e incompatibles con la familia. Trabajos que enriquecen las cuentas de resultados pero no a la sociedad que los ampara.

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