Un sistema de asilo fuerte, justo y humano

Un sistema de asilo fuerte, justo y humano

Todos estamos de acuerdo en que debe ofrecerse protección a quienes realmente lo necesiten, pero, para ello, en Europa tenemos que poner orden en nuestros sistemas de asilo

A lo largo de los últimos meses y años, la cuestión de la solidaridad ha sido objeto de intensos debates en la Unión Europea. En ocasiones, Europa ha aparecido totalmente dividida sobre la manera de proceder en relación con el futuro del sistema europeo de asilo. Sin embargo, todos deseamos fundamentalmente un sistema de asilo fuerte, equilibrado, eficiente y humano, que sea justo para la UE y sus ciudadanos, para los migrantes y refugiados, y para los países de origen y de tránsito.

Gracias a nuestros esfuerzos colectivos, nos encontramos en un período mucho más estable, lo que nos permitirá a todos avanzar en la misma dirección. Las fronteras exteriores de Europa están mejor protegidas que nunca y el número de migrantes que llegan de forma irregular a la UE es ahora inferior incluso al registro en el período anterior a 2014, bastante antes de la crisis migratoria. Se ha reubicado y reasentado en Europa a miles de personas necesitadas de protección, y las condiciones de acogida para los migrantes en terceros países han mejorado con nuestro apoyo. Por supuesto, deben mantenerse e incluso intensificarse todos estos esfuerzos colectivos en todos los aspectos de nuestra política general en materia de migración. Es por eso por lo que debemos seguir reforzando la gestión de nuestras fronteras exteriores.

Sabemos también que, mientras exista inestabilidad en nuestra vecindad, seguirá habiendo personas que necesiten protección y un refugio seguro. La UE tiene la obligación moral y jurídica de seguir ofreciendo ese refugio seguro a quienes lo necesiten, pero el actual Sistema Europeo Común de Asilo, y en particular el Reglamento de Dublín, ya no se ajusta a los fines perseguidos.

En lo esencial, todos estamos de acuerdo en que debe ofrecerse protección a quienes realmente la necesiten, pero, para ello, tenemos que poner orden en nuestros sistemas de asilo, ser más rigurosos con quienes abusen de ellos y organizar de forma más eficiente el retorno de quienes no necesiten protección y no tengan derecho a permanecer en Europa. También hemos de repartir mejor la responsabilidad entre los Estados miembros. Esta es precisamente la razón por la que hemos propuesto que se reforme la política de asilo.

Los solicitantes de asilo no deben poder elegir ellos a qué país desean ir, porque esto ha ido en detrimento del funcionamiento de nuestros sistemas de asilo y también de la libre circulación en el espacio Schengen. Esto es exactamente lo que va a cambiar el nuevo sistema de Dublín que hemos propuesto, gracias a la implantación de un sistema sostenible y equitativo para decidir qué país debe ser responsable de examinar la solicitud de asilo, y a la garantía de que, en tiempos de crisis, la responsabilidad no recaiga solo en un país o en unos pocos.

Solo podemos evitar los flujos secundarios, las solicitudes múltiples de asilo y los abusos si la hierba no es más verde en casa del vecino y si quienes no respeten las normas sufren de verdad las consecuencias. Esto significa que los procedimientos, los derechos, las obligaciones y las condiciones en materia de asilo tienen que ser las mismas en todos los Estados miembros. Por ejemplo, un sirio deben tener las mismas oportunidades de ser reconocido como refugiado en Portugal, Letonia o Suecia. Debe ser la norma que una asistencia y un apoyo plenos solo se concedan en el Estado miembro responsable de tramitar la solicitud de asilo. Y también debe ser la norma que la asistencia y la protección se proporcionen únicamente durante el tiempo necesario. Nuestros procedimientos tienen que ser más rápidos y eficientes: nos gustaría que el plazo necesario para tramitar una solicitud se reduzca a un máximo de seis meses.

Velar por que se registren avances decisivos en la reforma del sistema europeo de asilo es mi prioridad para los próximos meses, y voy a trabajar en estrecha colaboración con los Estados miembros y el Parlamento Europeo para cumplirla.

Sé que ver a miles de personas cruzando nuestras fronteras de forma irregular estos últimos años ha preocupado e incluso atemorizado a algunos ciudadanos. Al mismo tiempo, he podido observar también la generosidad generalizada que han demostrado los europeos en numerosas ocasiones a escala nacional, regional o local. Nadie debe olvidar nunca que se trata de seres humanos, muchos de ellos vulnerables y que huyen de situaciones muy peligrosas en su lugar de origen. Los refugiados no son enemigos, no representan una amenaza. Muchos europeos hoy en día son, directa o indirectamente, descendientes de inmigrantes o refugiados. El recuerdo de nuestro pasado reciente todavía está vivo.

Todos queremos una solución, pero esto nos exige a todos asumir responsabilidades. No hay trueques. Si deseamos de verdad mejorar nuestro sistema, un elemento de solidaridad no puede «negociarse» ni «intercambiarse» por otro. Todos son necesarios.

Como las familias europeas, o somos fuertes juntos o no somos fuertes en absoluto. Por eso tenemos que confiar los unos en los otros. La reforma de nuestro sistema europeo común de asilo no es un tema de caridad ni de buenas intenciones, sino de velar por nuestro interés común.

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