EL SÍNDROME NINOTCHKA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Resulta inevitable recordar el clásico de Ernst Lubitsch 'Ninotchka'. Supongo que la mayoría de ustedes no ha olvidado el argumento de la divertida comedia, pero por si acaso conviene refrescar la memoria... Tres morosos comunistas de la URSS marchan a París para vender las joyas confiscadas a una gran duquesa pero, ay, sucumben rapidito ante los lascivos placeres capitalistas de la bella ciudad. Los feroces gerifaltes bermellones mandan entonces a Ninotchka, o sea Greta Garbo, con la misión de enderezar el entuerto pero, mala suerte, se enamora y descubre las ventajas de vivir en una sociedad libre de las violentas paparruchadas comunistas. Tras saborear las mieles del tenis con la reglamentaria ración de fotos junto a las estrellas de la raqueta, me alegra mucho comprobar que Ribó sufre el síndrome de Ninotchka y por eso ahora se lanza hacia la captación de esa regata que se suspendió en Barcelona. Bienvenido al mundo real y ojalá lo consiga a buen precio. Siempre defendí los eventos gestionados con esmero, honradez y cabeza porque entendía que eran un puntazo para nuestra ciudad. Nunca visité la Marina cuando los veleros de la Copa América navegaban, jamás acepté las invitaciones que me ofrecían para acudir hacia lindos palcos de privilegios burbujeantes que obsequiaban vistas inmejorables sobre los bólidos de la Fórmula Uno. Pero me gustaba el runrún eléctrico que flotaba sobre Valencia en tales cuchipandas. Por fin, en la olvidada Valencia, en la infrafinanciada Valencia, en la menospreciada Valencia del infecto tópico del levante feliz, en aquella Valencia que se visitaba en tres horas según rezaba en un cartel sonrojante, pasaba algo rompedor, diferente, atractivo. Los veleros, antaño satanizada actividad de pijos, se convierten ahora en limpio objeto de deseo. Ninotchka ya lo sabía.

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