UNA SIMPLE TORTILLA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Mi amigo y su madre proyectaban porte aristocrático porque el blasón familiar lucía, junto a una inconfundible nariz ganchuda, todo hay que decirlo, varios títulos nobiliarios de los cuales jamás alardeaban. Ya han fallecido. Él prematuramente, ella desafiando la longevidad de la tortugas centenarias de las islas Galápagos. Me gustaba verlos por el barrio, saludarles, intercambiar varias frases, en fin...

No les olvido no sólo por el peculiar rastro que dejaron en estas calles, sino porque, en cierto modo, me legaron una anécdota invencible. Me la contó el hijo... La madre desayunaba, comía, merendaba y cenaba siempre fuera de casa, con lo cual, su nevera mostraba unas fauces más paupérrimas que la mía, que sólo acumula cervezas y leche. Estalló la noche del 23 F con Tejero cacharra en ristre y los bares y restaurantes cerraron debido al bando de Milans en Valencia. Aquella mujer, pues, tras recorrer sus abrevaderos favoritos, regresó a casa compungida y hambrienta, por lo tanto tuvo que pedirle a la portera que si podía prepararle «una tortillita de dos huevos para cenar algo». La portera accedió y aquella adinerada dama pudo dormir con el estómago apaciguado. He recordado aquella historia porque estos días, aquí en el barrio, está realmente jodido encontrar un lugar abierto donde yantar algo jugoso. Cuando la crisis todos mantenían abiertos sus negocios y la mayoría del vecindario permanecía sosegada bajo la canción de «en Valencia se está de maravilla durante la Semana Santa...». Pero ha sonado el clarín de una ligera recuperación y el éxodo resulta abrumador y, adquirir sustento, una aventura. Como no tengo portera conseguir una esponjosa tortilla equivale a realizar una hazaña de primera magnitud. Pero conste que, estos días, en Valencia se está muy bien y muy tranquilo. Qué remedio...

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