La simbología de una pena de muerte

PEDRO PARICIO AUCEJO

Desde tiempo inmemorial, la pena de muerte se ha usado para castigar los crímenes más terribles cometidos en una comunidad, pero también para liberar al poder establecido de la renuencia de determinados colectivos, como minorías raciales, étnicas, religiosas... privar a la persona de su incuestionable derecho a la vida es la condena más cruel e inhumana. A lo largo de su existencia se han empleado métodos diversos para su aplicación: desde la lapidación, la decapitación y el ahorcamiento hasta la inyección letal, la electrocución, la ejecución por gas o el fusilamiento. Aunque parezca increíble, este último proceder fue impuesto a Dios en la Revolución soviética de octubre de 1917, cumpliéndose el próximo miércoles el centenario de su ejecución.

Si esta sublevación había nacido -según sus partidarios- como una utopía igualitaria, los procedimientos para implantarla fueron tan drásticos que hicieron de ella uno de los acontecimientos históricos más violentos del siglo XX. El desprecio de la libertad, la persecución a sus oponentes, el terror generalizado o los espantosos crímenes convirtieron aquel sistema coactivo en un infierno para millones de personas, incluidos muchos de sus héroes. Y en el caso de la condena a muerte y posterior ejecución de Dios, la insurrección roja devino en una disparatada alucinación.

El 16 de enero de 1918 un tribunal popular, presidido por Anatoli Lunacharski -comisario de Instrucción Pública de Lenin y posteriormente, nombrado embajador en España durante la Segunda República-, juzgó a Dios como imputado por genocidio y crímenes contra la Humanidad. Lunacharski (1875-1933) y sus camaradas bolcheviques estaban convencidos de que la religión era un veneno para el pueblo, por lo que se empeñaron en erradicarla completamente. Para ello iniciaron una serie de persecuciones sistemáticas contra la Iglesia: confiscaron sus bienes, destruyeron monasterios, organizaron procesiones en las que se ridiculizaba a profetas y erigieron cadalsos en los que se decapitaban y quemaban efigies del Papa. Pero el hecho más sorprendente e insólito fue el citado 'Juicio del Estado Soviético contra Dios'.

Por su ritual, no parecía haber diferencias entre aquella causa al Creador y la realizada a cualquier humano. La vista comenzó con una gran cantidad de público presente y una Biblia situada en el banquillo de los acusados. Durante más de cinco horas, el fiscal, en representación del pueblo soviético -y de la Humanidad en su conjunto-, leyó los cargos formulados contra el Ser Supremo. Se presentaron pruebas tanto en su contra, en forma de testimonios históricos, como a su favor, incluyendo una petición de absolución por parte del abogado defensor, alegando grave demencia y trastornos psíquicos del Todopoderoso. El tribunal popular desestimó esta última petición y Lunacharski leyó la sentencia que declaraba culpable a Dios y lo condenaba a muerte. El veredicto, que no podía ser recurrido ni aplazado, debía ser ejecutado a las seis y media de la mañana del día siguiente. Un pelotón disparó una ráfaga de ametralladora al cielo de Moscú. Idéntica acción se repitió en otros lugares del país, disparando también contra imágenes y monumentos cristianos.

Tiempo después, la astucia del pensamiento bolchevique aconsejó no repetir este tipo de actos ni la persecución abierta de años anteriores contra la Iglesia, e incluso Lunacharski condenó los excesos cometidos. Sin duda, como estudioso que había sido durante años de la historia de las religiones (y cuya pretensión de incorporar al marxismo ciertos valores implícitos en el cristianismo provocó una violenta condena por parte de los miembros de su partido), era sabedor de que la revolución definitiva es la alcanzada mediante la creencia en Dios. Al promover ésta la sociabilidad propia de la naturaleza humana y las necesidades morales a ella inherentes, la fe se convierte en razón de ser del auténtico progreso de la sociedad.

Lunacharski conocía el secreto de la eficacia del cristianismo para evitar los afanes perturbadores de la vida social y política, para transformar internamente las costumbres de los pueblos y -mediante el desarrollo de un humanismo integral, orientado a la defensa del bien común- lograr un mundo más fraterno. Percibía su sabiduría creadora de civilización, orden, justicia y paz social, por lo que no le cabía más solución que hacer patente la destrucción de los valores más sagrados de nuestra cultura. Su condena a muerte y posterior ejecución de Dios no tenía más funcionalidad que la derivada de testimoniar el simbolismo de ambas como formas representativas de la ideología soviética y proyectar un 'plus' emocional para todos sus seguidores.

Esta carga añadida -figurada, indirecta- no podría haber sido discernida por sus destinatarios sino por medio del ametrallamiento -literal, directo- del cielo y de las imágenes cristianas. Se evidenció así el beneficio que obtenían los interesados en la ausencia de Dios: sortear el miedo de que la fe en Él malograra el carácter omnímodo del nuevo Estado. Olvidaron los revolucionarios que Dios no quita al hombre nada que sea verdadero y, sin embargo, le da todo lo esencial, como el sentido y la dignidad de su vida, que sólo en Él se funda y perfecciona.

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