Todo un siglo

Tienda de campaña

La inestabilidad social, económica y política no beneficiaba, en 1917, los viejos sueños de la ciudad de Valencia

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Hace unos días se ha cumplido un siglo -recordado con puntualidad por Vicente Lladró- de la primera huelga general revolucionaria de España, un 'invento' valenciano del que los ferroviarios de la Compañía Norte podrían exhibir registro de patente. El malestar social y las reivindicaciones obreras se dieron cita con la «oportuna» convocatoria de una asamblea de parlamentarios catalanes, decididos, decían, a proclamar por su cuenta un régimen autonómico. El 14 de julio de 1917, en el 'Daily Express' de Londres, el rey Alfonso XIII mostraba su preocupación: «Ciertos catalanes -decía- piden una especie de independencia y quieren que sus asuntos, sus intereses locales, sean gobernados en Barcelona. Mi Gobierno está dispuesto a discutir de un modo amistoso todas las peticiones formuladas de un modo legal».

La huelga valenciana, entre el 19 y el 22 de julio, unida al soberanismo catalán, sirvió para que el gobierno conservador de Eduardo Dato añadiera otro error: declarar el estado de guerra y aplicar una férrea censura de prensa. En ese clima se celebró hace un siglo la Feria de Julio, que no pudo arrancar hasta el día 25 y tuvo una Batalla de Flores bastante deslucida. Pocos días después, también con marchamo ferroviario, tuvo lugar la primera huelga general revolucionaria española. Convocada para el 10 de agosto, fue el detonante para que la dirección de los ferrocarriles del Norte pusiera en servicio la nueva Estación, que comenzó a prestar servicio en el primer minuto del día 8 de agosto, sin que pudiera mediar, como Valencia merecía después de once años de obras, ni una traca ni un discurso.

Con todo, la vida sigue, la Asociación de la Prensa estrenó muy pronto el restaurante de la Estación, servido por cocineros de Lhardy, y el 9 de agosto ya se estaba derribando la vieja estación de San Francisco, inaugurada en 1852. Las complicaciones, claro, vinieron cuando, con las primeras lluvias, el agua que recogía la gigantesca explanada ferroviaria convirtió en un lodazal toda la calle de Xàtiva, sin urbanizar y sin alcantarillado desde Ruzafa a San Agustín, incluidas las calles de Bailén y Alicante.

Ese, no obstante, no era el primer sueño de una Valencia sobrada de aspiraciones y falta de presupuesto: desde la plaza de San Francisco a la nueva Estación tenía que nacer una avenida anchurosa de la que por el momento solo se conocía el nombre, consagrado a Amalio Gimeno. Mientras tanto, el nuevo Ayuntamiento llevaba en obras desde 1906 y estaba aún a «doce años luz» de su utilización; y al Mercado Central le faltaba una década para entrar en servicio. La inestabilidad política, social y económica no beneficiaba, precisamente, la buena marcha de una ciudad que seguía soñando con el tren directo Madrid-Valencia, con un nuevo edificio de Correos, una sede propia para el Banco de España y una Facultad de Medicina y Ciencias que tenía que levantarse, justamente, a la orilla de un paseo... destinado a ir directo al mar del Cabanyal.

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