SIEMPRE CARNAVAL

Mª ÁNGELES ARAZO

Aquí no es necesario que los días y la liturgia nos recuerden que se avecina la Cuaresma, con el tristísimo miércoles de Ceniza -el que nos aviva el recuerdo de nuestro inevitable futuro-, y que, para compensar, lo más placentero es deshinibirse y vivir lo que la locura permita.

El carnaval llega a un buen número de ciudades y pueblos de la Comunitat Valenciana, para disfrazarse de lo que quisiéramos ser, para bailar, abrazarse, cenar y beber sin medida; divertirse en carrozas, exhibiendo bella desnudez con ritmo tropical, quemar a personajes simbólicos o colocarse la careta que los caricaturiza y prometer lo que jamás se acaba cumpliendo.

Ahora bien, se dice, y con razón, que entre los valencianos de la ciudad no ha prendido con fuerza el espíritu carnavalesco; y es que nosotros estamos todo el año con un eterno cambio de indumentaria, de maquillaje, de escenificación sin medida.

En el reparto de papeles, nuestra gente carece de límite, y si en la procesión del Corpus nos atrevemos con el Padre Santo, Josué deteniendo el sol y las doce tribus de Israel, en los días de Semana Santa, bellas muchachas encarnan a la Samaritana, a Herodías y a Salomé, acompañadas por guardias con recuerdo napoleónico. Todo es posible, como ver a niños imitando a San Vicente Ferrer cuando predicaba sermones y realizaba prodigios. ¿Y qué decir de los miles de moros y cristianos que juegan a conquistar un castillo recordando la ayuda de San Jorge, un Cristo, una Virgen o el santo patrón del lugar?

Y si en Castellón se despliegan personajes como la princesa Merilde que criaba gusanos de seda y el Rei Barbut, en nuestros pueblos se visten de pastor para evitar el hallazgo de una talla milagrosa.

Días grandes con pólvora, música y un ropero prodigioso donde se guardan túnicas, capas, coronas, joyas de oropel y el deseo de dar vida a un personaje; porque hasta se bautiza a niños y se amortajan seres que lo pidieron como última voluntad. En fin, que estamos en un continuo carnaval.

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