SEPULTAR ESCÁNDALOS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El primer día en una asignatura llamada 'Poética', aquí en la Facultad de Filología, el profesor nos explicó que, desde los griegos, lo único que hacíamos era copiarles, imitarles, pues ellos ya lo habían inventado todo. En este sentido, según algunos fans, Tarantino no plagia, sino que homenajea. Pues me alegro. Tampoco vamos a discutir hoy donde empieza el plagio y donde acaba el homenaje, pero me interesa la idea de la copia o de la fotocopia. Como nación deberíamos de aprender, o sea de copiar sin complejos, los comportamientos de otros países presuntamente más civilizados, educados, exquisitos o finos. Ante sus propios terremotos piden perdón, cierran rápido las filas y olvidan el asunto en vez de refocilarse morbosos en el barro. Procuran evitar el desgaste que nace en el exterior y este alarde pragmático convendría aplicarlo en nuestro espasmódico terruño. Hace apenas unas semanas el prestigioso chiringuito de bichos National Geographic mendigó perdón por el racismo desplegado durante tantas décadas. Baste recordar algunas píldoras: por ejemplo a los aborígenes australianos los calificaron de «salvajes» y, además, añadieron que «ocupan el último puesto en la inteligencia de todos los humanos». Pero el asunto no caló entre la opinión pública. ¿Quién va a atreverse con National Geographic pudiendo apalear a Pizarro o a Hernán Cortés? La academia sueca de los premios Nobel sufre estos días una conmoción por un penoso asunto de acosos y violaciones en la onda de Weinstein, pero tampoco podemos afirmar que los corazones europeos se muestren doloridos ante semejante predación sexual basada en el poder. Lavarán sus trapos sucios en la intimidad y seguirán ofreciendo lecciones a los que carecen de su inmerecida reputación. Bien pensado, preferimos no plagiar estos abyectos comportamientos.

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