Y al séptimo día Màxim dimitió

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Parece que ocurrió meses atrás. La sucesión de acontecimientos y la voracidad con la que una noticia solapa a la otra nos hace perder la perspectiva. Tan solo ha pasado una semana desde que Màxim Huerta acudía a la Moncloa para prometer su cargo de flamante ministro. Lo suyo fue una sorpresa de proporciones considerables, tanto por el fondo como por las formas. Sánchez guardó su nombre en secreto hasta el último momento, generando una expectación que luego jugó en contra del presentador y/o escritor valenciano. Cuando el presidente pronunció su nombre más de uno preguntó incrédulo si había otro Màxim Huerta además del que salía con Ana Rosa. Y no, no hay otro que se sepa. Era ese, el mismo que se hizo famoso en Telecinco. Un pasado televisivo no se perdona. Y por eso el primer día no se habló de otra cosa que de sus coqueteos con los asuntos rosas, negros y amarillos.

Todo eso quedó en nada cuando el segundo día comenzó la inspección de antecedentes tuiteros. Y como nadie aguanta ese rastreo no tardó en salir a relucir su aversión al deporte. Porque sí, además de la cartera de Cultura, en el mismo pack le habían endiñado el ramo deportivo. No le quedó más remedio a Huerta que apuntarse al gimnasio. Pero, todo sea dicho, no le ha dado tiempo ni a estrenar el chandal. Menos mal que él tiene la costumbre de no quitar las etiquetas a ningún artículo hasta que no lo ha usado varias veces, como demostró con los zapatos que se calzó en la toma de posesión.

El tercer y cuarto día se las prometía felices. Huerta hacía oídos sordos a las críticas y se dejaba querer en casa. Primero en el que fue su hogar durante una década, el magacín de Ana Rosa, donde su exjefa defendió su valía. Y más tarde entre los libreros y literatos de Madrid, con los que hasta hace un par de días compartía sesiones de firmas, que lo recibieron con los mejores deseos. Algunos de verdad y otros con la boca pequeña. Nada que no esperase el mismo ministro. Al quinto día intentó una nueva aproximación al deporte y le expresó sus felicitaciones al rey de Roland Garros, pero una L de más a la hora de escribir el nombre del torneo le volvió a colocar en la diana de todos los chistes. Él, que se había colocado las deportivas con la intención de probar la elíptica, decidió quedarse en casa. Mañana empiezo, se dijo. Pero no hubo mañana. Al sexto día se metió en otro charco al pedir a la SGAE que no cumpliese una sentencia y al séptimo día se despertó con su nombre reluciendo en todos los digitales por haber defraudado a Hacienda. Le tocó escribir un discurso de despedida y con las prisas le salió algo sobreactuado. Y dimitió. No tuvo más remedio. No le faltaba razón con algunas quejas, pero debió pensarlo cuando aceptó meterse donde se metía.

Y mientras tanto la cultura en solfa. No falla. Acabado el sainete toca ponerse a trabajar en serio por un sector siempre vilipendiado. Sea bienvenido para esta tarea el ministro Guirao.

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