Septiembre

BEATRIZ DE ZÚÑIGA

Para algunos -entre los que se encuentra una servidora- ha llegado ese codiciado, a la par que contradictorio, momento. El irracional trance de ejercitarse en levantar el pie del acelerador, atenuar las luces y asomarse por la ventana para comprobar que la vida, efectivamente, sucede ahí afuera: sobre el asfalto. Adiós a las prisas, los tropiezos matutinos, las llamadas a deshora, los correos que se empeñan en saturarnos a diario la bandeja de entrada, las alertas del calendario, los agobios, los nervios y los lunes... Y los martes. Bienvenidas vacaciones.

Sin Olimpiadas, Mundiales, Eurocopas, ni resaca electoral. Con el Gobierno formado -en lo que a reparto de carteras se refiere-; el Congreso que parece que, al menos por ahora, gatea; y sin saber (casi nada) de aquella tal 'prima de riesgo' que nos estuvo azuzando durante largos años. Con los partidos políticos enzarzados en sus berrinches internos habituales (mientras dilapidan simpatizantes), los juzgados desbordados, y los banquillos incorporando incesantemente a sus filas inmundos acusados. Con Villar, de nuevo, abriendo telediarios, la Real Academia desatada claudicando ante el 'iros' como imperativo y las redes sociales incendiadas. Parece que este verano, al fin, se halla todo, o casi todo, sospechosamente en el flanco de la normalidad.

Aprendamos, por unos días, la ardua tarea de desconectar, pero, ante todo, apliquémosla. Que nos abrumen los planes y nos agoten las risas. No pensemos. Aburramos el aburrimiento, apuremos los libros, las noches y los sueños sin la molesta interrupción del despertador. Que nos hartemos del bronceado, de la canción del verano y del amarillo tendencia. Pero, sobre todo, que, tras el espejismo, nos aguarde septiembre.

Fotos

Vídeos