LO SENTIMOS, MAJESTAD

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Reproduzco el correo electrónico enviado a la Casa del Rey hacia las 22,40 horas del pasado jueves, justo cuando Coutinho marcó el 0-1 en Mestalla.

Señor, recurro al clásico y socorrido titular periodístico para comunicarle le ocurrido: no pudo ser. Lo intentamos, pusimos toda la carne en el asador (más tópicos), hicimos una primera parte digna, y si ese cabezazo de Rodrigo hubiese entrado... Pero no entró. Al final, 0-2. Se impuso la lógica del dinero, ésa que explica que si el fichaje del futbolista que sale al campo en la segunda mitad ha costado casi el doble que todo el presupuesto de tu equipo, es que los dos clubes no juegan la misma competición. Es lo que estudiamos de la guerra de Cuba, aquellos barcos de madera de la Marina española combatiendo contra los modernos buques de vapor de la pujante Armada estadounidense, con el resultado previsible... Nos hacía ilusión esa final, no lo voy a negar, volver a vivir un partido así, movilizar otra vez a una afición maltratada y, de paso, evitarle a Usted el mal trago de la pitada de una parte de la afición barcelonista durante la interpretación del Himno nacional. Y ahora, si me permite la licencia, me voy a atrever a darle un consejo, aunque sé que no lo necesita, que está bien asesorado. Hemos vivido en 2017 los meses más difíciles de la democracia española, salvando el episodio muy localizado del 23-F en el que el papel de su padre fue fundamental para hacer fracasar el golpe de Estado. Hemos asistido a escenas que parecían imposibles, que jamás creímos que fuéramos a vivir, como el esperpento del 1 de octubre o la declaración de independencia de quita y pon. Y le hemos visto a Usted salir públicamente a defender la Constitución, el Estado de derecho y la integridad territorial de España. También hemos sido espectadores de la aplicación, por primera vez desde la aprobación de la Carta Magna, del artículo 155, que ha devuelto cierto orden a Cataluña, que no la tranquilidad ni la estabilidad que todos desearíamos. Le digo todo esto, Señor, porque después de todos estos acontecimientos extraordinarios (por lo infrecuentes) sería imperdonable que volviera a ocurrir lo de los últimos años -la bronca al Himno nacional- y no pasara nada, que siguiéramos como si tal cosa, que se jugara el partido y a otra cosa mariposa. No puede ser, y no puede ser aunque en el estadio donde se juegue la final haya cincuenta, sesenta o setenta mil personas y delante de los televisores millones de espectadores. El partido, sencillamente, se tendría que suspender, aplazar 48 horas y volver a jugarlo siempre y cuando se respete el Himno. Me hubiera gustado, Majestad, ahorrarle todo estos quebraderos de cabeza y la preocupación del 21 de abril pero, ya sabe, el fútbol es así...

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