La señora Martínez

Arsénico por diversión

En Cataluña hay ciudadanos que se sienten tan españoles como catalanes y a esos es a los que insultó la diputada

María José Pou Amérigo
MARÍA JOSÉ POU AMÉRIGO

Apuesto a que si Berlanga hubiera rodado una película sobre el procés, habría tenido a una 'señora Martínez' entre sus protagonistas. La escena de la presidenta del Parlament llamando al orden a la diputada que arrancaba de los escaños las banderas de España hubiera sido la mejor para el tráiler de la película: «Senyora Martínez, si us plau; senyora Martínez». Las risas enlatadas ya las ponían los propios diputados.

Ese momento no tiene parangón y casi está reclamando un politono por sí mismo. Sin caer en el nominalismo extremo de los nacionalistas xenófobos hay que reconocer que llamarse precisamente 'Martínez' es una broma del karma. No era Turull ni Puigdemont ni Forcadell. Incluso Pou podría pasar por una pureza de sangre aceptable a la que espero no responder ni acercarme. A mí la única pureza que me preocupa en líquido elemento es la de la horchata.

No. La extremista catalanista con alergia a lo español era «Martínez, hijo de Martín» que dirían en el Joc de Trons patrio. Martínez es el sexto apellido más común en España y uno de los más populares en Latinoamérica por transferencia también de los españoles que llegaron al Nuevo Continente. En definitiva una herencia española, ¡vaya por Dios!

El gesto es una anécdota, sin duda, pero es una demostración de la tendencia excluyente e intransigente de la señora Martínez y de todas las señoras Martínez, Pérez y González que hay entre los miembros del Parlament. En Cataluña hay ciudadanos que se sienten tan españoles como catalanes y a esos es a los que insultó la señora. Pretenden ofender al resto y cometen el mismo error que Zapatero el día en que no se levantó al paso de la bandera estadounidense. La bandera no representa a un gobierno. Representa a una comunidad. Como la cuatribarrada no representa a Puigdemont sino a Cataluña. Por eso pisotearla, reírse de ella o quemarla sería un insulto a todos los catalanes, no al gobierno de JuntsxSi, la Cup o la Cap. El gesto de Martínez era un corte de mangas hacia sus vecinos, como mínimo. Una ofensa innecesaria que va calando y creando un poso de disgusto y de extrañamiento. Se queja el victimismo catalán del odio de España. No existe. O no existía. Existía, tal vez, una torpeza política, una serie de errores gubernamentales o una desviada actitud del poder hacia Cataluña pero dudo de que los demás españoles sintieran desafecto hacia una parte del territorio. Ahora ya no confío en que las cosas se mantengan así. Ese tipo de gestos, asociando su rechazo al gobierno, al PP o a Rajoy con la bandera que nos representa a todos no favorece la aceptación y comprensión de los demás hacia su causa. Y me pregunto qué mal le he hecho yo y tantos como yo a su tierra, a su gente o a su vida. Construir una nación con el desprecio hacia las demás, en especial a la que se quiere tener por vecina, es un mal comienzo. Berlanga la situaría de embajadora en España. Por lo menos.

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